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jueves, 2 de febrero de 2012

Elipsis

¿Qué hago? Puedo seguir sintiéndome mal. 

Puedo mantener detrás de un hola una serie de elipsis teledirigidas.

Aunque nadie esté mirando.

Puedo seguir cargando sobre los hombros las faltas de otro.

Puedo seguir mirándome a través de cristales sucios y trizados por batallas que no son mías.

Y puedo es un decir.

No puedo hacer otra cosa por ahora.


Mi interés por las historias me hace lanzar una luz conformista sobre esto.

Puedo ver la ironía y pensar al menos que, de alguna forma, algo tiene de bello.

Teoría del Caos, el universo riéndose de ti.

El que se queda, se queda con algo. El que se va... vaya uno a saber.

De pronto, el temor mayor se hace realidad.

Ya lo era, pero lo niegas hasta esconderlo debajo de la cama a punta de mentiras.

Te quedas con todo, pero hecho pedazos.

¿De qué te sirve si nadie lo puede armar?

"Qué terrible es cuando uno dice te quiero y en la otra punta la persona grita: <<¿Qué?>>" 

domingo, 8 de enero de 2012

Una de café y tres de azúcar

Romano se levantó temprano, casi de noche, como todos los días. Mientras se afeitaba con los ojos clavados en el espejo empañado del baño, se repetía una y otra vez: una de café y tres de azúcar, una de café y tres de azúcar, una de café y…

El agua ya estaba hervida. Caminó desnudo por su departamento, irguiendo el pecho y entrando el estómago; tratando, con el optimismo de un condenado a muerte, de verse más alto. Siempre se vestía siguiendo la misma rutina. Primero se ponía los calzoncillos, sorbeteando un café que esa mañana tenía un sabor distinto, más dulce de lo normal. Luego, y con la delicadeza de un relojero, cubría sus pies con los calcetines, acomodando la costura interior sobre el dedo gordo y la costura exterior bajo el dedo pequeño. La camisa, delicadamente estirada, la abotonaba de arriba hacia abajo, dejando el botón del cuello para el final. Después venía el turno de los pantalones, el cinturón bajo la barriga, el nudo de la corbata y finalmente se sentaba sobre la cama para inclinarse sobre los pies y encajarlos en sus zapatos negros y nostálgicos de aquella vez en que fueron elegantes, con suelas que sonaban orgullosas. Las llaves al bolsillo izquierdo y los Derby, junto a los fósforos, al derecho de la chaqueta.

Era algo más temprano de lo habitual cuando salió a la calle, cerró la puerta y caminó al paradero.

-Buenos días muchacho, tanto tiempo sin verlo por acá- le dijo el anciano peluquero, que a esas alturas se había ganado el derecho de decirle muchacho a cualquiera.

-Buenos días Don Samuel, necesito que me lo deje cortito, y que desaparezcan las patillas.

-Siéntate muchacho, es algo temprano para tanto trabajo, déjame ordenar un poco. ¿Cómo va la pega?

-Este lunes asumió el nuevo Rector, nos estamos conociendo. Parece ser un buen tipo.

-Buenos tipos hay por todos lados. Ser un buen rector debe ser un poco más difícil- dijo el peluquero mientras tijereteaba sobre las canas en la cien de Romano.

-¿Y qué podría saber usted de eso?- respondió con una engreída sonrisa.

-Llevo años en esto, muchacho. Mucha gente, de todo tipo, me ha confiado su cabeza y no solamente para que use mis tijeras.

-Por eso no vengo muy seguido, Don Samuel. Recuerde las patillas. Ya no quiero patillas.

Romano decidió irse caminando. Ese día no lo necesitaban temprano. Mientras encendía un cigarrillo, repetía en su mente: una de café y tres de azúcar, una de café y tres de azúcar, una de café y tres de azúcar. Ya eran casi las diez y aún no había recuperado la llave.

Llegó más tarde de lo que había previsto y tocó el timbre echándole un vistazo a su reloj con correa de plástico. Diez para las diez. Tocó el timbre nuevamente y entonces escuchó la sonajera de la chapa.

-Romano, finalmente. Ya iba saliendo- le dijo el hombre, mientras guardaba sus documentos en la solapa de la chaqueta.

-Disculpe señor, tuve que pasar a otra parte antes de venir. Qué bueno que lo encuentro, me encargaron las llaves y supuse que las tenía usted- respondió Romano sin mirarlo a lo ojos y con cierta molestia discreta.

-Sí, me las llevé sin querer. Supongo que fue el inconciente- reconoció el hombre mientras sonreía-. Voy a extrañar esa oficina. Y a usted también, Romano. Lo voy a extrañar a usted también- repitió palmoteando el hombro tenso de Romano.

-Debo irme señor, necesito las llaves. ¿Las tiene por ahí?-. Romano forzaba una mueca algo parecido a una sonrisa.

-Sí claro, déjame ir por ellas. Pasa, no te quedes ahí.

-No gracias, debo irme. Lo espero aquí afuera.

Salieron juntos y el tipo cerró la puerta con llave.

Como era de costumbre, Romano siempre caminaba un paso adelante de su compañía de turno. Cuando era un grupo, se abría paso a hombrazos entre todos y terminaba siendo el perro guía del trineo. Pecho arriba y barriga adentro, Romano se sentía esta vez realmente más alto, aunque sólo sobrepasara por un par de centímetros el hombro de su acompañante.

-Se cortó el pelo, Romano. Nunca se lo había visto tan corto.

-Sí, hay que cambiar de vez en cuando. Además, crece. No hay tanto riesgo. Al fin y al cabo, es pelo.

-Cierto, Romano. Usted no es un hombre de grandes riesgos. Entiendo lo que debe haberle costado esas mechas menos. ¿Quiere que lo lleve a la Universidad? Me queda de paso, suba.

-No, muchas gracias, no se moleste. Debo hacer otros trámites antes.

Romano se quedó parado junto a un árbol viendo el automóvil perderse en una esquina, tres cuadras más arriba. Encendió un cigarrillo, rascó su patilla ya inexistente y se acomodó el cinturón bajo la barriga. Ya estaba en el frontis de la universidad cuando se sorprendió repitiendo una de café y tres de azúcar.

- Todavía no aparece Romano, necesito que lleve unos papeles a la dirección académica- dijo la secretaria mientras escribía en el computador de su escritorio.

-En algo anda, usted sabe que nunca está quieto. Además, con el nuevo jefe, hay mucha pega por estos lados y se lo debe andar ganando. Usted sabes como es- respondió una señora gorda, vestida con una capa azul marino, que sacudía el polvo de los muebles ubicados en el hall de la rectoría y trataba de acomodar las mechas sueltas que se pegaban en su frente.  

-Buenos días-. Romano hacía su entrada con seriedad y la prisa suficiente para no ser interpelado por la secretaria.

-Romano, qué bueno que aparece. Necesito que me lleve estos papeles a…

-Ahora no. Usted sabe que eso no es parte de mi trabajo.

-Usted sabe cómo es, señorita. No se haga mala sangre. Cuando llegó el anterior hacía lo mismo. Corría de un lado para el otro y el señor Morgado lo único que hacía era mandonearlo. Se cree importante y no es más que uno de los nuestros- dijo la gorda mientras Romano entraba en la oficina y ella se arremangaba la capa y pasaba el paño por los vidrios de las ventanas.

-Buenos días, Rector. Ya deberíamos ir saliendo. Hoy tiene una reunión en la facultad de Kinesiología y luego debemos ir a Playa Ancha a inaugurar un jardín infantil. También le traje las llaves del gabinete de su escritorio, el que no pudo abrir ayer y estoy gestionando para que le asignen otro estacionamiento, más cerca que el que tiene.

-Gracias, Romano. La secretaria ya me informó de todo y hoy me dieron el nuevo estacionamiento. ¿Vamos?

-Por supuesto. Aquí le dejo las llaves- Romano se apresuró a abrir la puerta de la oficina.

-Antes de irnos, ¿puede ir a dejar los papeles que tiene Gloria sobre el escritorio a la Dirección Académica? Aún tenemos tiempo.

-Claro. Encantado. No me demoro nada. Espéreme en la puerta y vuelvo con el auto.

Romano hinchó el pecho y se acomodó el cinturón nuevamente. Como un gallo desplumado que no pierde jerarquía, tomó los papeles y caminó a trancos hasta la Dirección Académica sin decir una palabra. Volvió al estacionamiento y le pasó un paño al automóvil. Se subió y sintonizó la radio en la 88.1 y se dirigió hasta la puerta de la Facultad.

-Le tengo puestas las noticias.

-Qué amable de tu parte. En mi casa me retan cuando ando con las noticias puestas en el auto- explicó el rector, mientras se acomodaba en el asiento trasero del vehículo.

-A mi también me gusta escuchar noticias, me gusta ser un hombre informado- dijo Romano, mientras miraba hacia ambos lados de la calle y asomaba la nariz del automóvil-. Dentro de un auto no se puede tener un buen panorama del país, por eso escucho las noticias. Estar informado es importante para mí porque no…   

-¿Aló? Sí, voy en camino a una reunión, pero cuéntame… ¿A las siete? Creo que puedo llegar. Te llamo cuando me desocupe… ¡Ah, que maravilla! ¿La sinfónica nacional? ¿El Arte de la Fuga? Me encanta Bach… Sí, te paso a buscar. Ahora voy con Romano, pero tengo el auto en la facultad… Romano, mi chofer… Está bien. Nos vemos a las siete. Adiós.

El celular interrumpió la conversación y Romano decidió no insistir sobre ella.

-Llegamos. Lo espero acá, señor.

-Gracias Romano, es usted muy amable. Te cortaste el pelo. Pareces un uniformado. Intimidarías a cualquiera.

-¿No le gustan los uniformados, Rector?

-No mucho, en otras épocas les decíamos “milicos”. Además, me gustaban tus patillas. También me recordaron otras épocas. Vuelvo en un par de horas. No me esperes, te llamo cuando me desocupe.

-Está bien, señor.- Romano dejó el automóvil estacionado y salió de la Facultad de Kinesiología. Encendió un cigarrillo y caminó un par de cuadras. No tenía mucho más que hacer.

-¿Cómo le fue, señor?

-Bien, estas reuniones no son muy entretenidas. Vamos a Playa Ancha. Mejor me cuenta qué hizo usted.

-No mucho, Señor. Compré un par de cosas y quemé un poco de humo.

-¿Usted lee, Romano?

-Cuando algo cae en mis manos, señor. En la universidad leo el diario cuando lo encuentro.

-Me refería a literatura. Leer sólo noticias puede deprimir a cualquiera. Te voy a pasar algunos libros. Al fin y al cabo, es por mi culpa que pasas el día esperando.

-Gracias, señor. De todas formas no me molesta. Es mi trabajo.

-Exacto, Romano. Es sólo tu trabajo. 

A las seis de la tarde Romano había guardado el automóvil luego de lavarlo y encerarlo por dentro. También había llevado una impresora al servicio técnico, dejado unos papeles en secretaría y había pasado a comprar unos zapatos nuevos.

-Permiso, señor. ¿Necesita algo? La impresora la tienen para mañana y los papeles ya fueron entregados.

-No, Romano. Debo firmar unos documentos y ya me voy. ¿Te puedo pedir un café antes de que te vayas?

-Por supuesto. Una de café y tres de azúcar. ¿Cierto?

- Qué buena memoria que tiene usted. Pero agrégale un poco de agua fría. No la sirvas hasta el tope con agua hirviendo. Muchas gracias, Romano.

-Una de café, tres de azúcar y un poco de agua fría. Cómo no, señor.

A las siete y media Romano ponía las llaves en la puerta de su casa. Prendió el último cigarrillo de su cajetilla y dejó una nueva sobre la mesa, junto a los fósforos que guardaba en el bolsillo derecho de su chaqueta. Encendió la luz del living y tomó una bolsa que reposaba arrimada a los cigarrillos. Se sentó sobre el brazo del sillón y sacó un disco compacto que compró mientras esperaba al decano fuera de la Facultad de Kinesiología.

Se sacó la corbata, colgó la chaqueta y los pantalones y planchó la camisa que llevaba puesta. Dejó los zapatos nuevos frente al velador de su cama y se sentó en el living, con la luz apagada, a fumar el último cigarro del día.

Encendió la radio y el noticiario inundaba el espacio iluminado por un farol amarillo que se asomaba entre las cortinas. Apretó el botón “CD” y se recostó sobre los cojines. Mientras miraba sus zapatos viejos como quién mira algo que no pertenece al lugar donde reposa, los acordes de piano comenzaban su fuga clásica. A la mañana siguiente, Romano estaba frente al espejo empañado del baño, repitiéndose una y otra vez: una de café, tres de azúcar y un poco de agua fría. Había decidido dejarse crecer las patillas. 

viernes, 5 de agosto de 2011

Este país

Este país hace mal.

Este país es una pena.

Este país es un chiste malo, cruel y repetido.

Este país es una farsa.

Este país no es un país.

Este país es una mala idea.

Este país es una broma de mal gusto.

Este país es un escalofrío.

Este país es una trampa.

Este país es un triste intento.

Este país es una patada en los cocos.

Este país es una arcada.

Este país es un error.

Este país es una tragedia.

Este país es una traición.

Este país es un piedrazo en los dientes.

Este país es su gente. 

Alguna gente.

Con eso me quedo.              

martes, 13 de abril de 2010

I hurt myself today...

Hace un par de semanas un primo chocó en moto y se quebró la clavícula. Pudo haber sido mucho peor. Volamos al sitio del accidente, porque él llamó para decir que estaba accidentado en algún lugar del camino a Lo Orozco, mas o menos a 40 minutos de mi casa, sin pode moverse y sin nadie que lo ayudara. Mientras salíamos de la carretera y entrábamos a ese camino de mierda, lleno de curvas y pendientes, no podía sacarme la cabeza la imagen de mi primo ahí botado, todo quebrado, quizá ya inconciente y quizá qué otra cosa.

Afortunadamente, la ambulancia y su señora llegaron antes que nosotros y no lo vimos si no hasta el hospital, con unos cuantos moretones, la clavícula rota y la frente magullada por los lentes que reventaron dentro del casco por el golpe que se dio en el suelo. Y digo afortunadamente porque pudo haber sido mucho peor, pudo haberse matado. Pero no, y va a vender la moto. Al final, el mayor problema fue explicarle a los pacos el por qué no tenía licencia. Claro, eso y la maldita venda que te ponen para que se te pegue el hueso de nuevo.

La famosa venda es como una mochila, un ocho en la espalda que te tira los hombros hacia atrás, para estar lo más derecho posible y que no te la puedes sacar hasta que se solucione la fractura, que varía entre el mes y las seis semanas. Eso para los afortunados, porque si la separación del hueso sobrepasa los dos centímetros, hay que operar y esa ya es otra historia. ¿Cómo lo sé? Porque yo también me fracturé la clavícula, dos años atrás.

Lo mío, claro está, fue mucho menos glamoroso, por decirlo de alguna forma. Jugaba mi primer partido de la temporada por la selección de fútbol de mi carrera y no llevaba en la cancha ni cinco minutos cuando fui a buscar una pelota y un tarado me hace una zancadilla y como si no le bastara con eso, cae sobre mí. Además de los moretones horribles, las heridas llenas de tierra y sangre y el brazo hinchado, me había quebrado la clavícula izquierda.

Me pasé todo un mes postrado, con la maldita venda que me acalambraba los hombros, el cuello y la espalda; que me cortaba la circulación de los brazos y me rompía las axilas porque mi enfermera personal (mi madre que es enfermera de verdad) la apretaba demasiado ya que tenía que estar, en sus palabras, “lo más derecho posible para que no te quede un cototo”. Las fracturas no duelen, a menos que uno las mueva mucho, pero la venda estaba para eso, para no moverse. Eran los moretones los que me hacían sufrir. Y claro, los calambres musculares por la tensión en los hombros y el cuello.

El accidente de mi primo me hizo recordar mi clavícula, y mi clavícula me hizo recordar la infinidad de cosas que me han pasado. Me he quebrado el antebrazo izquierdo dos veces, ambos huesos, y en ambos ocasiones fue jugando fútbol. Cuando era pequeño, me electrocuté con un Nintendo que enchufé mal y la palma de mi mano izquierda aún muestra la señales de eso. Me mordió la pierna el perro de mi vecino, dejándome un colmillo de proporciones en medio de mi gemelo derecho, con los puntos y las inyecciones correspondientes. Aunque lo mejor de esa historia es que el perro (que se llamaba Dinky), se murió unos pocos días después, envenenado por mí sangre.

Antes de cumplir los diez años ya me había metido una piedra en la oreja, me había tragado una moneda y me había corcheteado el dedo gordo de la mano. Era sin duda un amor de niño. Sumándole a eso las clásicas peladas de rodilla, cabezazos varios, uno que otro puñete en la cara, esguinces y luxaciones, normales en la vida de alguien que alguna vez fue deportista, algo sabía ya acerca del dolor. Pero nada, absolutamente nada fue más terrible que el dolor que me causaron dos malditos dientes… Ni se imaginan lo que les voy a contar.


sábado, 26 de diciembre de 2009

A mí no me canta Marilyn


Estuve de cumpleaños. Es raro estar de cumpleaños. Otra de esas cosas en la vida que nunca son como te dijeron que eran. Extrañamente, y quizás por alguna deformación infantil de la que los padres son culpables, uno cree que debe estar entre los 5 mejores días del año. Craso error.


No sirvo para estar de cumpleaños. Nunca he tenido la capacidad de levantarme y decir: “Ok, voy a hacer de este día un buen día”. Generalmente sólo pasa, de la misma forma en que pasan los días de mierda. Cualquier plan es infructuoso, deprimente y desilusionante. Y claro, siempre es iluso pensar que un día donde eres el centro de atención, al menos en tu círculo u octágono más cercano, podría resultar si quiera interesante.


Cumplí 24 años y debo llevar cerca de 14 tratando de encontrar algo que hacer mientras te cantan con las llamas diminutas de las velas amenazando tus cejas. Mirar la torta, leer lo que dice, mirar a los que te rodean mientras cantan una canción imposible de cantarse afinadamente, sobarte las manos, cantar de repente, desafinar, dejar de cantar, sonreír, rascarte la cabeza, decir gracias mil quinientas veces con un tonito estúpido y aún no termina la canción. Termina, abrazos, otras mil veces gracias. De verdad me intriga que la canción de cumpleaños sea tan fea.


Por suerte, tengo una hermana melliza y puedo hacer como que le canto a ella y me ahorro ese momento incómodo. Pero después vienen las fotos. ¿Qué fotos hay que sacar para un cumpleaños? Como mi cámara es la que se usa siempre, soy siempre el que saca las fotos y para los cumpleaños es siempre lo mismo. Fotos de la torta, del que la sostiene, del cumpleañero con cara de “qué cresta hago mientras me cantan, mejor sonrío” y abrazos. Las fotos de abrazos son horribles. Si se te llega a ver la cara, sales con los ojos cerrados, cierta mueca de pena en la boca y las cejas levantadas. Espantosamente mal. No hay buen ángulo para una foto de un abrazo.


En mi casa, y supongo que en varias, se celebran los cumpleaños el día anterior, para esperar las doce y cumplir con el ritual de las sonrisas y las fotos con mal ángulo. Eso hace que el día de tu cumpleaños no sea muy interesante. En el cine puedes entrar gratis a ver una película, pero ninguna que sea estreno. Que estafa. Pero así como se celebran las tragedias, uno debe recordar el día en que llegó a este mundo bañado en entrañas. Es una forma de decirle al culpable que no hemos olvidado la que nos hizo.


Por esto, el día de mi cumpleaños hago una fiesta e invito a todos los que se me ocurra. Porque si la gente lo pasa bien, por osmosis uno debería tener un buen rato. No importa ser el mozo en jefe de tu fiesta, ni que algunos de los que querías que estuviesen ahí no estaban, o al revés, o que ella se haya ido temprano, o que lavaste vasos hasta las 10 y media de la mañana, o que se llevaron a tus amigos presos por abrir una cerveza en la micro, o que al día siguiente es navidad y tienes que estar presentable aunque se te caiga la cara a pedazos. Como dice mi amiga Vero, si tú eres feliz, yo soy feliz.


Gracias a todos los que hicieron de ese día un buen día. Es lindo ver como la gente que te quiere trata de hacerte las horas menos incómodas y más interesantes. Gracias por los regalos a los que trajeron, creo que este año hubo varios muy dedicados y eso sorprende y se agradece. A los que no, no importa. Les llevaré alguna botella de algo para sus cumpleaños y me las tomaré yo mismo. Difícil es encontrar un regalo que valga más que mi presencia ¿no?. ¿O no? ¿Ah?.... ¿No?


Como cada año, las expectativas no fueron cumplidas. Pero si debo hacer aspaviento de la sabiduría acumulada en estos 24 años, debo decir que las expectativas están sobrevaloradas. Igual que los cumpleaños.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Estado de Intemperancia


Lo primero es pedir disculpas por las molestias que devienen de un cambio de nombre. Es como cambiarse de casa, de teléfono, de mail, de sexo y no avisarle a nadie. Es obligar a la gente a realizar trámites molestos, latosos, e irrelevantes, como actualizar la lista de contactos, anotar un Gmail en vez de un Hotmail, o dejar de llamarte Pedro para empezar a decirte Yamilé, con su respectivo beso en la cara en vez de un apretón masculino.

Pero en esta ocasión lo vale. Fueron años de buscar un buen nombre que me llenara, que englobara un concepto, una idea. Tenía que ser un lugar amplio, pero que no perdiera el hilo de una serie de historias que si bien parecen al azar y antojadizas, no son más que el escamoteo de un libro, escenas de una película, palabras de una oración que está en proceso.

Todo partió con el “escri-viviendo”, que con el paso de los años se me hizo demasiado cursi, aunque no deja de verse entretenido, por eso aún lo conservo. Luego, “ynoeraunapipa” me pareció interesante y sugerente. Un nombre que plantea un desafío, que tiene una historia más allá de esas cinco palabras sin espacio entre ellas. Pero siento que pequé de pelotudo. Ese típico wueón que habla de cuestiones trilladas haciéndose el interesante. Y no es que no lo sea, pero no hay para qué hacerlo patente en una dirección electrónica.

¡Estado de Intemperancia! ¿No les suena genial? ¿Notan el juego de palabras? No pude evitarlo. Conversaba con una chica sobre un video poco digno de nuestras personas en una noche santiaguina cuando comenté lo divertido de su estado de intemperancia, refiriéndome a los efectos de los brebajes dionisiacos en la mente humana y el sistema nervioso central cuando vi esas tres palabras escritas. Pensé inmediatamente en este blog. Corrí por Internet para ver si a nadie se le había ocurrido y fui feliz cuando mi cambio de nombre fue aceptado. Lo había encontrado.

La intemperancia es la falta de Templanza, una de las cuatro virtudes cardinales, junto con la Justicia, la Fortaleza y la Prudencia. La templanza es la capacidad de manejar los impulsos que nos atraen a los placeres terrenales, es la razón sobre los instintos. Y es que esto se ha transformado en una misión complicada. Si no lo fuese, este blog no existiría, por lo de más.

Así que, ante la muerte del Estado-Nación y la dictadura del racionalismo y la vida moralista y políticamente correcta, bienvenidos al Estado de Intemperancia. Ensucie sus pies antes de entrar.