
La vida había sido más que generosa con él. Además de algunas desilusiones amorosas o algún ataque directo al ego, nunca sufrió traspié alguno en el largo y difícil camino de crecer, lo que marcaba fuertemente su personalidad. Despreocupado de todo y un tanto irresponsable, como si todo le fuese a llegar de regalo, en algún momento, cuando se hiciera realmente necesario. No era un tipo que inspirara confianza en si mismo, pero de alguna manera la gente lo envidiaba. Quizás porque se conformaba con poco. Talvez porque tenía más de lo que merecía su esfuerzo. En resumidas cuentas, Pablo era un tipo simple con altas expectativas, ya que la vida fácil -esa que se vive con los padres, en el colegio y la ignorancia- le había puesto la vara demasiado alta.
Se podría decir que uno viene con cierto camino trazado cuando llega a este mundo. Lo interesante es darse cuenta de la increíble capacidad del hombre de torcer su destino y convertirse en un fallido intento de persona. Somos extraordinariamente hábiles para tomar el mal camino, para perder oportunidades y sentarnos sobre nuestra autocompasión a mirar pasar la vida. Pablo era un paradigma de este hecho. Muchas veces los golpes en el camino nos van moldeando hasta convertirnos en desconfiados y amargos seres que pululan por las calles, pero ¿qué pasa cuando es un hecho, un sólo hecho, el que desencadena el largo, vertiginoso e irreparable camino hacia la desilusión por las personas? Es fácil echarle la culpa a alguna situación inesperada o fuera de nuestro control o manipulación, pero la vida es una cadena de acontecimientos hilados por nuestras decisiones, y son éstas las que, al final, nos definen.
La vida siempre es una apuesta al futuro. Nunca sabemos el peso de nuestras decisiones en el momento en que las tomamos. Los fotógrafos dicen que cuando toman la foto perfecta nunca lo saben, porque en el momento de apretar el botón, el lente se cierra y esa imagen sólo será vista a la hora de revelarla. La vida y las decisiones funcionan de la misma forma. Además, todo nuestro referente se traduce a situaciones pasadas, digeridas y masticadas con los dientes de nuestra educación y saboreadas por el paladar de nuestra cultura. Vemos de la forma en que nos enseñaron a ver el mundo. Entonces, es fácil desligarse de toda culpabilidad al ver nuestra vida destrozada, desesperanzada y sin ilusiones. Pero no. Ya lo dije y así lo entendió Pablo. La vida es una serie de acontecimientos concadenados por nuestras decisiones y, cualquiera de ellas que hubiese tomado otro camino significaría una realidad distinta, un presente alternativo y un futuro aún desconocido.
Por lo mismo, no vale la pena comenzar a recoger esa cadena una vez que los dados están echados, pues vivir del pasado no rinde frutos para aquellos que buscan vivir una vida digna. Lo mejor en estos casos es asumir los caminos tomados como si fuesen la diáfana expresión de nuestra voluntad y nuestro raciocinio. Como si alguna vez la razón ejerciera como el eje del comportamiento humano. Aún así, hay que creerlo, mirarnos al espejo y asumir los pasos dados, aunque la desilusión y la miseria espiritual representen el fin de esa caminata. Al fin y al cabo, morir con una sonrisa, con un suspiro de alivio o con la esperanza de que la muerte no será peor que lo anterior es sólo cuestión de suerte. La actitud no importa, porque sumando y restando, de algún modo, somos todos miserables.






