lunes, 20 de agosto de 2007

Pequeña biografía, segunda declaración de principios (resabio de algún ramo periodístico)


Es difícil escribir sobre uno mismo, más aún cuando estoy acostumbrado a que mis escritos busquen hechos, entreguen datos, realidades o verdades. ¿Qué verdades hay en mi vida? Aparte de los hechos históricos, mis verdades son escasas, por lo mismo son valiosas, pero aún así las busco día tras día.

Parte de mi realidad es que nací y crecí en el centro de Valparaíso, en un pequeño edificio de cinco pisos, sin ascensor, grandes ventanales que daban a la calle Uruguay, atestada de vendedores ambulantes, y ningún vecino que se acercara más o menos a mi edad. Era un edificio antiguo, con gente antigua, parte antigua de mi vida.

Vivíamos cinco personas en el departamento 503 del “Grimo”, donde al cruzarnos en el pasillo había que mover un sillón y donde mi entretención era despegar los parqué del piso para hacer mis castillos, tocar el timbre de la “Vieja” del 201, que me despertaba un miedo incalculable o mirar desde el balcón a la gente.

No tenía amigos con quienes jugar, pero sí tenía a mi hermana melliza, Maritza, que por esos años era la receptora de mis patadas karatekas, la portera que detenía mis pelotazos y la que me acusaba cada vez que rompía un figura de cerámica o una lágrima de la lámpara de la pieza de mis padres. Nunca hemos tenido una relación entrañable, pero ella sabe que la quiero, yo supongo lo mismo.

Las verdades que rescato de esos días son dos: primero, ese edificio me enseño a ser un hombre solitario, que escapa del bullicio y que ama los balcones, pues la soledad, más que la falta de compañía, es para mí una necesidad, una catarsis, un silencio amigo. Pero no esa soledad del ermitaño, sino la soledad en la muchedumbre, la soledad acompañada. Por eso amo los balcones, los veo a todos, solo.

La segunda verdad es que mi espacio en el mundo es pequeño. Luego de trece años viviendo en ese departamento, nos cambiamos a una casa en el cerro Barón que construyeron mis padres, a media cuadra de mis abuelos, donde siempre he sentido que el espacio me sobra, que nos vemos menos. Por eso mi espacio lo llevo conmigo, donde quiera que esté o donde estén los que quiero.

Con respecto a lo vivido, mi memoria no me acompaña mucho, es más, mis recuerdos de niño son casi nulos, más bien construidos de historias oídas, fotos y algún invento mío. Pero siempre he pensado que se debe a que fui feliz, disfruté y, por ende, es etapa superada, “no regrets” como dice una canción. Siento que esto me ha acompañado toda la vida, la mala memoria, el vivir hacia delante. Mi tercera verdad.

No significa que nunca haya tenido problemas, porque cuando se vive cerca de la familia no faltan (otra de mis verdades). Pero desde pequeño mi madre me enseñó que se enfrentan, que se hablan, que no se tiene vergüenza y que siempre es para mejor. Por eso los olvido, porque se arreglan, porque pasan a ser parte mía, aprendo de ellos, les saco el jugo y honro a mi vieja cuando me decía: “¡nunca!, nunca se comete un error dos veces”. Siempre los cometo, hasta tres o cuatro veces, pero los enfrento y los reconozco.

Así es mi madre, la perfección en la tierra. Lo sabe hacer todo, lo arregla todo, siempre “juega a ganador” como dice ella, reclama porque no hacemos nada pero cuando lo intentamos ya está hecho. Lo mejor es que mi papá es todo lo contrario, es despistado, desordenado, trabajólico, no sabe dar cariño aunque le brota por los poros. Son las dos mejores personas que he conocido y son, al mimo tiempo, las personas en las que más defectos encuentro.

He aquí otra verdad, tengo tanto de uno y del otro que no me parezco a ninguno. Heredé de mi padre lo soñador, lo romántico, lo ingenuo y de mi madre llevo lo testarudo, lo solitario, lo autosuficiente. Me veo en ambos, me escapo de ambos, pero sé que todo lo que soy, venga de ellos o no, se los debo, no porque me hayan llevado de la mano por la vida, sino porque me dejaron caminar solo, siempre mirando desde la esquina. No recuerdo que mi madre alguna vez me haya hecho una tarea, pero sí se que siempre estuvo ahí.

A través de mis realidades o verdades he construido al que hoy soy, orgulloso de lo que hago y feliz con mi vida y lo que me rodea. ¿Egocéntrico?, no lo sé. Tiendo a pensar que todo me ha resultado, meta puesta es meta cumplida, pero no soy ingenuo y, lo más importante, me criaron con humildad. Vivo esperando la caída, es más, quiero que llegue, que me haga crecer, que me enseñe.

Estos 21 años y las experiencias que han traído me sirvieron para definir quién quiero ser (por lo menos en esta etapa de mi vida) y qué quiero entregar a los que me rodean. Con este tesoro, con estas verdades, espero enfrentar el día a día y mantener mi mala memoria, porque creo que es signo de una vida bien vivida, de mirar para adelante, de actitud positiva. A fin de cuentas, eso es lo que quiero entregar desde aquí, desde mi balcón.

3 comentarios:

konstanza dijo...

no entiendo porqe no puedo postear!!!
odio esta cuestión

konstanza dijo...

Ahhhh ahi me dejo más encima!!
Amé tu blog, me entretuve leyendo, como qe a veces me da paja leer en el pc, y leo lo primero y lo último pero con tu blog no me paso y lo lei todito. Me acorde cuando viviai en Uruguay y mil cosas de cuando eramos chicos.
Te amo toñoooo locamente.
jajaj no pense que escribiai bien, no te daba tanto credito jajaj, broma.

Nicolasa dijo...

Hola Toño: te cuento que tengo blog nuevo, pero he rescatado cosas del anterior para tener una línea temática definida. Por eso, el texto te será familiar.

Sonará cebolla lo que diré, así que apróntate. Realmente admiro tu honestidad y apertura hacia la gente, aunque seas un solitario de corazón. En la Escuela, quizás de manera involuntaria, has sido super sincero (periodismo de opinión, biografía de tele) y eso se agradece.

Bueno, yo tampoco hablo mucho en la vida real, así que por eso los blogs son tan liberadores.

Un saludo y nos vemos en la U, o en algún carretín.

Nicole