sábado, 26 de diciembre de 2009

A mí no me canta Marilyn


Estuve de cumpleaños. Es raro estar de cumpleaños. Otra de esas cosas en la vida que nunca son como te dijeron que eran. Extrañamente, y quizás por alguna deformación infantil de la que los padres son culpables, uno cree que debe estar entre los 5 mejores días del año. Craso error.


No sirvo para estar de cumpleaños. Nunca he tenido la capacidad de levantarme y decir: “Ok, voy a hacer de este día un buen día”. Generalmente sólo pasa, de la misma forma en que pasan los días de mierda. Cualquier plan es infructuoso, deprimente y desilusionante. Y claro, siempre es iluso pensar que un día donde eres el centro de atención, al menos en tu círculo u octágono más cercano, podría resultar si quiera interesante.


Cumplí 24 años y debo llevar cerca de 14 tratando de encontrar algo que hacer mientras te cantan con las llamas diminutas de las velas amenazando tus cejas. Mirar la torta, leer lo que dice, mirar a los que te rodean mientras cantan una canción imposible de cantarse afinadamente, sobarte las manos, cantar de repente, desafinar, dejar de cantar, sonreír, rascarte la cabeza, decir gracias mil quinientas veces con un tonito estúpido y aún no termina la canción. Termina, abrazos, otras mil veces gracias. De verdad me intriga que la canción de cumpleaños sea tan fea.


Por suerte, tengo una hermana melliza y puedo hacer como que le canto a ella y me ahorro ese momento incómodo. Pero después vienen las fotos. ¿Qué fotos hay que sacar para un cumpleaños? Como mi cámara es la que se usa siempre, soy siempre el que saca las fotos y para los cumpleaños es siempre lo mismo. Fotos de la torta, del que la sostiene, del cumpleañero con cara de “qué cresta hago mientras me cantan, mejor sonrío” y abrazos. Las fotos de abrazos son horribles. Si se te llega a ver la cara, sales con los ojos cerrados, cierta mueca de pena en la boca y las cejas levantadas. Espantosamente mal. No hay buen ángulo para una foto de un abrazo.


En mi casa, y supongo que en varias, se celebran los cumpleaños el día anterior, para esperar las doce y cumplir con el ritual de las sonrisas y las fotos con mal ángulo. Eso hace que el día de tu cumpleaños no sea muy interesante. En el cine puedes entrar gratis a ver una película, pero ninguna que sea estreno. Que estafa. Pero así como se celebran las tragedias, uno debe recordar el día en que llegó a este mundo bañado en entrañas. Es una forma de decirle al culpable que no hemos olvidado la que nos hizo.


Por esto, el día de mi cumpleaños hago una fiesta e invito a todos los que se me ocurra. Porque si la gente lo pasa bien, por osmosis uno debería tener un buen rato. No importa ser el mozo en jefe de tu fiesta, ni que algunos de los que querías que estuviesen ahí no estaban, o al revés, o que ella se haya ido temprano, o que lavaste vasos hasta las 10 y media de la mañana, o que se llevaron a tus amigos presos por abrir una cerveza en la micro, o que al día siguiente es navidad y tienes que estar presentable aunque se te caiga la cara a pedazos. Como dice mi amiga Vero, si tú eres feliz, yo soy feliz.


Gracias a todos los que hicieron de ese día un buen día. Es lindo ver como la gente que te quiere trata de hacerte las horas menos incómodas y más interesantes. Gracias por los regalos a los que trajeron, creo que este año hubo varios muy dedicados y eso sorprende y se agradece. A los que no, no importa. Les llevaré alguna botella de algo para sus cumpleaños y me las tomaré yo mismo. Difícil es encontrar un regalo que valga más que mi presencia ¿no?. ¿O no? ¿Ah?.... ¿No?


Como cada año, las expectativas no fueron cumplidas. Pero si debo hacer aspaviento de la sabiduría acumulada en estos 24 años, debo decir que las expectativas están sobrevaloradas. Igual que los cumpleaños.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Nuevo Proyecto

Encontré un poco irresponsable esto de andar abriendo y cerrando blogs así como así por la vida. Más aún cuando trato de darle periodicidad e hilo conductor a esta práctica tan entretenida para mí.

El blog anterior seguirá vivo, pero con un formato distinto, algo que quería hacer hace tiempo pero que por ahora descansaba entre cuadernos y servilletas. Vísítelo.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Estado de Intemperancia


Lo primero es pedir disculpas por las molestias que devienen de un cambio de nombre. Es como cambiarse de casa, de teléfono, de mail, de sexo y no avisarle a nadie. Es obligar a la gente a realizar trámites molestos, latosos, e irrelevantes, como actualizar la lista de contactos, anotar un Gmail en vez de un Hotmail, o dejar de llamarte Pedro para empezar a decirte Yamilé, con su respectivo beso en la cara en vez de un apretón masculino.

Pero en esta ocasión lo vale. Fueron años de buscar un buen nombre que me llenara, que englobara un concepto, una idea. Tenía que ser un lugar amplio, pero que no perdiera el hilo de una serie de historias que si bien parecen al azar y antojadizas, no son más que el escamoteo de un libro, escenas de una película, palabras de una oración que está en proceso.

Todo partió con el “escri-viviendo”, que con el paso de los años se me hizo demasiado cursi, aunque no deja de verse entretenido, por eso aún lo conservo. Luego, “ynoeraunapipa” me pareció interesante y sugerente. Un nombre que plantea un desafío, que tiene una historia más allá de esas cinco palabras sin espacio entre ellas. Pero siento que pequé de pelotudo. Ese típico wueón que habla de cuestiones trilladas haciéndose el interesante. Y no es que no lo sea, pero no hay para qué hacerlo patente en una dirección electrónica.

¡Estado de Intemperancia! ¿No les suena genial? ¿Notan el juego de palabras? No pude evitarlo. Conversaba con una chica sobre un video poco digno de nuestras personas en una noche santiaguina cuando comenté lo divertido de su estado de intemperancia, refiriéndome a los efectos de los brebajes dionisiacos en la mente humana y el sistema nervioso central cuando vi esas tres palabras escritas. Pensé inmediatamente en este blog. Corrí por Internet para ver si a nadie se le había ocurrido y fui feliz cuando mi cambio de nombre fue aceptado. Lo había encontrado.

La intemperancia es la falta de Templanza, una de las cuatro virtudes cardinales, junto con la Justicia, la Fortaleza y la Prudencia. La templanza es la capacidad de manejar los impulsos que nos atraen a los placeres terrenales, es la razón sobre los instintos. Y es que esto se ha transformado en una misión complicada. Si no lo fuese, este blog no existiría, por lo de más.

Así que, ante la muerte del Estado-Nación y la dictadura del racionalismo y la vida moralista y políticamente correcta, bienvenidos al Estado de Intemperancia. Ensucie sus pies antes de entrar.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Me quedo con la princesa

Todo empezó un domingo por la tarde, a eso de las 15:00 horas, cuando en mi casa el ajetreo de la semana se traduce en no cocinar y comprar comida preparada. Por lo general hay dos opciones: ravioles o comida china. Y ese domingo fue lo segundo. Son años de la misma rutina, el mismo pedido, el arrollado cantonés, la carne mongoliana, el unan, el arroz graneado y los wantan. Pero ese domingo mi papá quiso sorprendernos y por primera vez nos trajo galletas chinas. Sí, las mismas que uno ha visto en las películas, galletas de la “suerte”. Y cuando crujió la mía, esa sobremesa de domingo se llenó de risas.

Los chinos son exagerados para todo. Es el país más grande de Asia y el más poblado del mundo, con más de 1.300 millones de habitantes. Son el cuarto país más extenso, después de Rusia, Canadá y Estados Unidos, pero les aseguro que se encargarán de eso luego. También es la nación con más países fronterizos, con catorce vecinos y el más exportador de este año que se nos escapa. Suma y sigue.

Si a alguien se le ocurre inventar algo, los chinos lo hacen más barato, en mayor cantidad y la mayoría de las veces más pequeño. Y qué decir de la muralla China. Ya lo dije, los chinos son exagerados para todo, pero esta vez se superaron.

Es cierto que en términos de relaciones no se puede decir que lo mío sea exitoso, hace mucho tiempo que este aspecto de mi vida no deja de definirse desde la anécdota. Pero les digo, amigos chinos, no es para tanto.

Yo los entiendo. Ustedes son prácticos y lo del aumento de impuestos por hijo lo deja claro. Pero les insisto, no hay para que atolondrarse. A veces es mejor hacerla a lo chileno… lento, tranquilo, porfiado y disfrutando el proceso, antes de cambiar completamente de objetivo. Agotar opciones es la consigna muchachos. Hay 6 mil millones de personas en el mundo y la mitad son mujeres.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Jamás famosos


Almost Famous es una película que reúne muchas cosas que me gustan. En primer lugar es media casi pseudo biográfica, lo que le da cierto potencial de una historia "posible", cuestión que siempre se agradece. En segundo lugar, tiene personajes increíbles y situaciones dignas de ellos, como lo de la piscina, la canción en el bus, lo del avión, etc etc etc. En tercer lugar, hay una banda de rock. Cuarto, está llena de referencias a hechos reales y leyendas urbanas del universo del Rock and Roll y la música en general, lo que, como sabrán, me interesa de sobre manera. Como lo de "Soy un dios dorado", que según los rumores fue una frase de Robert Plant, mientras miraba desde un balcón la muchedumbre agolpada a las afueras de su hotel. Además, está basada en la mejor época del siglo pasado. Y claro... la música.

Por eso la sonrisa me duró días cuando la Pili me dijo que Russell Hammond le recordaba a mí. No sé a qué se habrá referido, pero debe ser uno de mis personajes favoritos en el universo cinematográfico. Así que gracias Pili, me alegraste un día, o varios.

Esta es para ti.

video

La canción es Tiny Dancer de Elton John y sale en la película.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Vida de perro


El Siberiano (o Husky) es un perro especial. Según análisis de ADN realizados a distintas razas, se demostró que es una de las más antiguas del mundo, lo que podría traducirse en cierta sabiduría en la sangre. Los Chukchi, una tribu del este de Siberia, fueron los primeros en criarlos y eran bastante estrictos. Los cachorros machos eran sometidos a pruebas de destreza y fuerza, donde los mejores eran criados y tratados como reyes, mientras que los más flojos y torpes, junto a las hembras, eran sacrificados. Así que los descendientes de esos sobrevivientes son la creme de la creme perruna.

Tenía nueve años cuando conocí a Imay, y fue el único amor a primera vista que he tenido. Ella tenía siete meses cuando la abracé por primera vez y había llegado con una misión: opacar la pena que teníamos por culpa del atropello del Kimba, un perro medio Pastor y medio nada que mi hermana y yo habíamos recogido mientras andábamos en bicicleta por Peñablanca. Le dimos todo el jamón que mi mamá había comprado y luego de retarnos nos dijo que podíamos quedarnos con él.

Dos cosas no olvidaré nunca de ese primer encuentro. Primero, y a la distancia, el pelaje de la Imay parecía una de esas flores que uno sopla para pedir un deseo y se pierden, convertidas en pequeños pistilos por el aire. Con la lengua afuera y su pelo blanco y negro deshaciéndose y flotando, la vimos llegar en la parte de atrás de la camioneta, recién salida de la peluquería. Lo segundo fueron sus ojos. Blancos en el centro y azul cielo en el contorno, es lo que más me gusta de ella.

La primera vez que la llevamos al veterinario, el tipo nos dijo que nunca había visto un perro así. Creía en las reencarnaciones y cuestiones místicas y nos dijo que la Imay debía estar muy cerca de volverse humano y quizá no estaba tan equivocado. Era un tipo extraño, sin duda, pero con el paso del tiempo le fuimos dando un poco de crédito, por lo menos en que no es un perro normal.

Los siberianos rara vez ladran o muerden, no están hechos para eso. Pero la Imay se crió con dos perros de la calle, que le enseñaron bastante. Ella venía de una familia acomodada, con padres que ganaban concursos y salían en comerciales. El Kasan y el Kimba (segundo) venían quien sabe de donde, y sabían poco de estirpe. Con ellos aprendió a correr detrás de los colectivos, a ensuciarse, a cazar palomas y ladrar, muy fuerte por lo demás, y más ronco que cualquier otro perro que haya escuchado. A veces, y no les miento, es como si hablara.

La Imay ya tiene 15 años y le queda poquito. Ya no se escapa cada vez que queda la puerta abierta, ni le gusta salir a dar paseos. A veces le ladra al suelo y parece que está media sorda. La he tenido que recoger varias veces de la escalera, porque sus patas ya no son las mismas, y eso que nunca le tocó arrastrar un trineo por Siberia, sólo a mí y a mi hermana, cuando los rollers estaban de moda y la Avenida San Martín era el lugar para lucirlos. Pero sus ojos son los mismos, azules y expresivos, y todavía pone su cabeza en la pierna de alguien cuando quiere comida.

La voy a extrañar cuando ya no esté y será pronto. No quiero verla sufrir y ya me da mucha pena cuando hay que recogerla del suelo porque se le doblan las patas. Me da pena también que no pudo tener cachorros porque tenía un tumor en el útero, y me da pena también que haya sufrido toda su vida ataques de epilepsia. Le ha tocado duro a la pobre, pero sé que ha sido feliz.

Lo que más voy a extrañar de la Imay, cuando ya no esté, son los escándalos que hacía cada vez que me veía abrazar a alguien. Se ponía celosa, de unas más que de otras y tenía buen ojo, debo decir, ninguna le gustó mucho.

Todo esto fue porque quería contar que me sorprende que haya aprendido a ladrar bajo el alero de dos atorrantes, y que es algo que yo también debería hacer. Debería ser como ella y aprender por necesidad, por adaptación, supervivencia. Pero ella no ladra, hace como que ladra. Quizá no somos tan distintos.

martes, 3 de noviembre de 2009

Pensamientos al aire y a todo ritmo

Ocho y media de la mañana de un día de semana como cualquier otro. Me siento en el último asiento de la micro y aprieto Play...

Release- Pearl Jam: "Si alguna vez hiciera una película y tuviera que filmar una escena en que amanece, esto sonaría de fondo".

Listen up- Noel Gallagher: "No me importa estar solo... repite, no me importa estar solo".

Black- Pearl Jam: "Es una de esas que siempre se escucha como por primera vez".

Valley of the low sun- Jackob Dylan: "Tengo que copiar este disco porque lo prometí y porque todo el mundo debería tenerlo".

Panic- The Stills: "Siempre gasto más de lo que tengo, en todo sentido. Pánicoooooo !!!".

Dinosaurs- The Stills: "Los dinosaurios no tenían bolsas plásticas ni aerosoles y se extingieron igual. Supongo que es parte del plan y punto".

Even Flow- Pearl Jam: "Hay que ensayar, lástima que no me de para esta".

Don´t let me be misunderstood- The Animals: "Yo prefiero que no me entiendan, o que lo hagan sin decir nada".

Man called sun- The Verve: "Conozco varios soles de invierno".

Where the geese go- The Verve: "Algún día tendré un ganzo. Dicen que son buenos guardianes"

The story of bo diddley- The Animals: "Bo Diddley era un grande, por algo le decían "The Originator", estoy seguro que murió hace poco".

Lucky Man- The Verve: "No hay hombres con suerte y con fuego en el pelo. Pregúntenle a Michael Jackson".

The butterfly collector- Paul Weller: "Hay una versión de Weller de Instant Karma de Lennon que es notable".

The importance of being idle- Oasis: "Liam debe saber un secreto demasiado terrible de Noel como para que lo haya dejado cantar en Oasis".

What am i living for- The Animals: "Aceptar que hay gente que no te quiere es una necesidad inminente".

Make it till monday- The Verve: "Cada viernes pienso si llegaré hasta el lunes, jajaja. En serio".

On your own- The Verve: "Otra de mis favoritas".

Rearviewmirror- Pearl Jam: "Claro... mirando para atrás las cosas se ven más claras... siempre".

Never wanna see you cry- The Verve: "Todas las lágrimas tienen la profundidad del mismísimo mar y la esencia fugaz de un pequeño charco condenado por el naciente sol".

Play. Aquí me bajo...


viernes, 23 de octubre de 2009

Sánese usted mismo

Si usted tuviera que entregar algún panfleto o papel cualquiera en la calle, yo sería su persona favorita. No tengo explicación y no merece gran análisis, pero caminar por la calle es sinónimo de llenarme los bolsillos de basura. Y no lo digo con desprecio. Simplemente, debido a la experiencia y a la costumbre de leerlos todos, he llegado a la conclusión de que jamás he recibido alguno que despierte mi interés.

Agarro los "flyers" que anuncian ventas inmobiliarias con una prestancia que me llega a dar risa. Como si de verdad fuese a considerar la opción de comprarme un departamento con spa, piscina, gimnasio y una vista maravillosa a otro edificio aún más alto, con spa, piscina, gimnasio y vista al mar. Más gracioso es que esos "flyers" sólo los recibo cuando ando en auto y el semáforo detiene la carrera. "Este es tan estúpido que si se endeudó en un auto, capaz que nos compre el departamento", deben pensar las mentes detrás de ese papel. No saben que soy inmune, que vivo con mis viejos, que le tengo fobia a las tarjetas de crédito, que el auto no es mío y que mis bolsillos no tienen nada más que papeles.

Y qué decir del que titulaba "compra y venta de oro". Cuando llegué a la conclusión (unas tres cuadras después) de que tenía que matar a mi hermana para poder vender las joyas de mi madre sin algún problema legal, decidí botarlo a la basura.

El día en que me dieron uno de un preuniversitario gratis pensé en que debería buscar a alguien que entregara unos de un postuniversitario, que dada las circunstancias actuales de los acontecimientos en mi vida, me sería de mucha más utilidad. Lo volteé con la esperanza de encontrar algo, pero el otro lado no era más que un rectángulo blanco. Creí por un décima de segundo ver escrito "imbécil" en medio de tanta blancura, pero sólo fue producto de mi imaginación/conciencia.

Hace dos días, mientras buscaba un dirección en Condell, llegó a mis manos un panfleto que decía Gnosis, asociación cultural de estudios Gnósticos. Mientras subía la escalera del edificio donde iba en busca de un escritor, leía a la reversa del papel: "Te invitamos a que participes de un curso gratuito, donde aprenderás a descubrir la raíz interna de ese mal que agobia la vida de muchas personas y de esta forma podrás tener la herramienta para enfrentarlas, para que junto con los preparados farmacéuticos puedan dar un resultado feliz".

Terminaba de leer el panfleto mientras ponía el pie en el último escalón cuando el tipo de la caseta de informaciones interrumpe su conversación con el conserje y se dirige a mí.

-La charla es por ahí muchacho, a tu derecha, entra no más. Ya empezó- me dijo mirándome la mano.

-No vengo por eso, ando buscando a alguien de la Asociación de escritores de Valparaíso- le dije con un tono un tanto ofendido.

-Ah, es que te vi que venías con el papel en la mano, entonces pensé que venías a la charla. Hay un señor de los escritores que está haciendo una clase, si quieres lo esperas, pero termina entre las seis y las siete y media.
Eran las cinco de la tarde y no tenía nada en mente para rellenar una hora y media así que me quedé ahí, apoyado sobre la baranda, escuchando a The Animals y tratando de adivinar si las personas que oía subir la escalera eran hombres o mujeres. Más de la mitad de la gente que llegaba entraba a la charla de Gnosis, mientras que los colegiales subían al tercer piso para sus clases de preuniversitario y uno que otro hablaba con el tipo de informaciones.

Ya me dolían los pies de tanto caminar y estar parado apoyado en la baranda y no se veía ni una silla cerca, así que me asomé a la charla y sin darme cuenta ya estaba sentado, descansando feliz y escuchando a un tipo con serios problemas de vitiligo. Habían cerca de 40 personas, de todas las edades. Todos atentos y pendientes de las palabras del hombre manchado.

-¿Cuáles son sus problemas? ¿Cuál es el tuyo?- dijo mirando un pelado.

-Tengo artritis- le dijo mientras levantaba sus manos.

-¿Y el suyo?- le preguntó a una señora sobre alimentada.

-Sufro de jaquecas horribles- le dijo con voz de sufrimiento.

-¿Y el suyo caballero?- y me quedó mirando mientras yo pensaba que la barba me hace ver más viejo y que un tipo con vitiligo no es la persona ideal para hablar de alguna técnica extraña de sanación- los pies, me duelen los pies- le dije y me reí para adentro.

-Todos sus problemas pueden ser erradicados si conocemos la fuente que los provoca y esa fuente está dentro de ustedes, es el motor de su cuerpo y su mente y con los conocimientos de Gnosis ustedes pueden estar en control de ese motor y ser sanados por su propia fe y voluntad. Porque ese motor hermanos (ahí supe dónde iba a terminar esto), es Dios.

Fue sin duda un milagro. Mi dolor de pies desapareció inmediatamente y de un salto volví a estar de pie junto a la baranda en el hall del edificio de Condell y esperé una hora al escritor.

Prometo que nunca más recojo papeles en la calle.






lunes, 19 de octubre de 2009

Las azoteas de Buenos Aires IV: Uno, dos, tres... ¡Gira!


Claramente mi cercanía con la muerte no era fundada. Mi situación real no era en lo absoluto a como la había imaginado mientras gritaba por ayuda y todo se debía a mis amigos, que son excelentes, pero poco criteriosos.

Para explicar el por qué Nicolás me dijo que girara hay que contar lo que pasó la noche anterior, o lo que recuerdo de ella. Ya llevábamos más de una semana en Buenos Aires y teníamos una buena relación con toda la gente del hostal, en su mayoría extranjeros. Nos quedaban pocos días y sabíamos que cada noche había que aprovecharla como si fuera la última. Y así lo hicimos. Nos levantamos tarde, como todos los días. Almorzamos pizza y cerveza, como todos los días. Nos bañamos tarde y nos preparamos para salir de carrete… como todos los días.

No recuerdo donde fuimos esa noche, pero las posibilidades no son amplias. Lo medular es que terminamos en la azotea del hostal y fue, probablemente, la mejor noche de todas. El hostal estaba lleno de europeos y gringos, por lo que me dio la impresión de que éramos la atracción del momento, aunque nosotros nos sintiéramos igual de extranjeros que ellos. Todos conversaban dispersados por el techo. Algunos en francés, otros en inglés o portugués y luego, alcohol de por medio, todos hablábamos el idioma universal.

Felipe y Nicolás se preocupaban de cultivar sus encantos con gringas, alemanas, argentinas, peruanas, guatemaltecas e irlandesas con el idioma internacional de la conquista, porque de inglés, poco y nada. Por otro lado, Rafael ya había tocado todo su repertorio de música latinoamericana con mi guitarra, que fue el sexto pasajero de ese viaje, y que terminó con una cuerda cortada luego de que un francés medio homo tratara de tocarnos una canción de despedida y nos besara en la frente mientras dormíamos. Después de la cuarta versión de La Fiesta de San Benito, que emocionaba a nuestro compañero de cuarto italiano hasta las lágrimas, el repertorio apuntaba a algo más conocido y global, como Creep de Radiohead.

Ahí me di cuenta que nos sabíamos mejor la letra nosotros que los gringos, pero por lo menos podíamos cantar todos juntos. Entre la multitud también estaba David Bowie. Así le decíamos al inglés alto, flaco y rubio que vivía en el altillo del hostal hace meses y que tenía una pinta de asesino en serie inconfundible. Algunas noche antes se había ganado un corte en la ceja al recibir un puñetazo de un gringo que defendió a su conquista de esa noche, luego de que Bowie se pusiera a discutir con ella sobre quizá qué tema y terminara su discurso con un escupo en pleno rostro de la linda gringa. Por eso, esa noche Bowie andaba callado y tranquilito.

Felipe había invitado a una guatemalteca y su amiga peruana a carretear en la terraza ese día. Las había conocido en el Kilkenny. Mientras tanto, Javier y yo le hacíamos los coros a Rafa, guitarreábamos de vez en cuando, conversábamos con algún otro viajero, nos llenábamos de Quilmes o nos reíamos de Nicolás mientras le preguntaba a un israelí con pinta de cadáver de mendigo si en su país había comida. Y así transcurrió esa noche, entre conversaciones intrascendentes, cerveza en cantidades industriales, cigarros exageradamente fuertes, canciones trilladas, intentos de conquistas fallidos y otros más exitosos. En fin, pura buena onda. García-Canclini habría estado orgulloso de nosotros. Eso fue pura hibridación cultural.

La noche ya dejaba de serlo y todo se tornaba de un color azulino cuando la gente comenzó a marcharse, ya fuera a sus piezas o a sus casas, como la conquista centroamericana de Felipe o Xavier, el francés medio homo que hablaba como español y que carreteaba todos los días en el hostal, aunque no se alojara ahí. Lo último que recuerdo de ese día fue ver a Javier declinar de la fiesta por sentirse mal, luego de insistirle en que se fumara un cigarro conmigo (Javier no fuma).

Luego de todo esto desperté al día siguiente en un hoyo que no era hoyo. La verdad es que me quedé dormido en el techo y no supe más de mí hasta que abrí los ojos y no me podía mover.

-¡Toño! ¡Toño! ¡Tranquilo!- me dijo Nicolás- Tranquilo, yo te saco, pero cuando cuente tres tú giras.

-Uno, dos, tres- dijo Nicolás mientras yo contaba mentalmente.

Por mi estado y el de mis amigos, bajarme por la estrecha escalera que unía el segundo piso con la azotea era una tarea imposible, por lo que no se les ocurrió nada mejor que acostarme sobre una alfombra que había debajo de los sillones de la azotea y enrollarme para que el rocío no me mojara y no me resfriara. Estaba enrollado en una alfombra, según mis amigos, el lugar más seguro bajo esas circunstancias.

Sin duda será un viaje que no olvidaremos… o que recordaremos para siempre… lo que podemos recordar.

jueves, 1 de octubre de 2009

Las azoteas de Buenos Aires III : El accidente


Desperté y tuve dos sensaciones inmediatas. La primera, ya familiar, era un dolor de cabeza estratosférico, por lo que me dediqué inmediatamente a reconstruir mentalmente la noche anterior. Mientras estaba en eso, la segunda sensación se hizo patente. Luego de algunos intentos de incorporarme a la verticalidad, me di cuenta que no me podía mover. Mis brazos, pegados a los costados, sólo podían hacer un pequeño movimiento de hombros y mis piernas, estiradas a toda su extensión, estaban apretadísimas.

Toda esta cavilación debe haber durado una décima de segundo, pero cuando abrí los ojos el panorama se puso mucho más negro, literalmente. Todo estaba oscuro, oscuro como la noche sin luna, oscuro como la boca del lobo. Traté de mirar hacia abajo (no podía moverme mucho) y no veía nada, aunque sabía y sentía que mis pies estaban ahí. El terror me entró cuando logré mirar hacia arriba, porque alrededor de un metro sobre m cabeza se veía un haz de luz. Tragué saliva y seguí intentando resolver mi situación surrealista.

Escuchaba ruido de calle: buses, autos, bocinas, gente y toda esa melodía asfáltica, pero era extraño, como si estuviese dentro de una caja. Y cuando me percaté de esos ruidos sordos fue cuando llegué a mi conclusión terrorífica. Era lógico y todo calzaba: no me podía mover, mis pies apuntaban hacia la oscuridad y mi cabeza hacia la luz, escuchaba un ruido sordo y lo más importante, después de esa noche, cualquier cosa era posible.

¡Mierda! Me caí a un hoyo, esto me pasa por borracho. No tomo más en mi vida. ¿Me habré quebrado algo? No, estoy bien, no me duele nada, sin contar la cabeza y la garganta, pero eso es culpa del cigarro. ¿Y los demás? ¿Sabrán donde estoy? ¿Tendrán sus propios hoyos también? ¿Alguien vendrá a sacarme? ¿Cómo cresta me caí a un hoyo? Me voy a morir en otro país. Por lo menos me morí carreteando. Si me muero mi mamá me mata. Les cagué el viaje a mis amigos. Esto me pasa por curarme en una azotea, siempre supe que el suelo es más seguro. ¡Por la cresta, me caí a un hoyo!, pensé en una fracción de segundo.

Sentía que en cualquier momento comenzaba a escuchar “tini nini tini nini tini nini” y Rod Serling diría “Tenga cuidado donde pisa. Uno nunca sabe cuando puede encontrarse en la dimensión desconocida”. No era la Dimensión Desconocida. Era una azotea sobre el segundo piso de un hostal en Buenos Aires, que había sido el escenario de un tremendo carrete la noche anterior y que a la mañana siguiente parecía ser mi tumba. Tenía 19 años recién cumplidos y decidí que mi vida no podía terminar ahí, en un hoyo y con resaca. Finalmente, dejando las lamentaciones atrás, decidí hacer lo único que se me ocurrió en ese instante: Gritar como condenado.

-¡Ayuda! ¡Sáquenme de acá! ¡Me caí a un hoyo! ¡Soy muy joven para morir! ¡Ayudaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!- gritaba con todas mis fuerzas, como si de eso dependiera mi vida. De pronto, sentí mi nombre, una voz conocida y risas.

-¡Toño! ¡Toño! ¡Tranquilo! (y risas por montones)- me decía Nicolás mientras su voz se sentía cada vez más cerca- Tranquilo, yo te saco, pero cuando cuente tres tú giras- le entendí entre risas.

-¿Giro?- pregunté desencajado.

- Si poh, gira. Uno, dos, tres…

Continuará…

jueves, 24 de septiembre de 2009

Las azoteas de Buenos Aires (segunda parte)


Como ya saben, el efecto Cromagnon nos había coartado la posibilidad de pasear nuestras humanidades por los rincones bohemios de Buenos Aires, a excepción, claro está, del Kilkenny. Ubicado en la esquina de Marcelo T. de Alvear y calle Reconquista, este bar irlandés era el único lugar que había sobrevivido a la inspección de normas de seguridad y por ende se mantuvo abierto ese verano del 2004, a diferencia de la mayoría de los locales nocturnos que habíamos soñado con conocer.

Kilkenny era el lugar de moda y eso tenía sus consecuencias, pero también sus ventajas. La primera vez que llegamos la cola era interminable y el calor adentro insufrible. Comprar un trago era una odisea de treinta minutos y luego de tres horas de pie, con la gente apretándote, las fuerzas parecían desfallecer. Hasta que una mirada a la derecha te ponía frente a frente con un culo poético, un escote inmoral, una cintura imposible o un rostro de esos que son tan lindos que estoy seguro que les duele la cara. Esas eran las ventajas.

Sin embargo, por esa época yo vivía la primavera de un amor que comenzaba y que iba a durar bastante, por lo que mis ojos estaban atrofiados para tanta belleza. Lo que me hace pensar en la increíble levedad del sentimiento… pero eso es para otro día. Felipe, Javier, Rafael y Nicolás no estaban en mi situación, aunque unos tuvieron más suerte que otros. Como siempre, Felipe fue el mejor exponente de la seducción chilena, extendiendo su fama sobre las fronteras con algunas argentinas, peruanas, gringas y guatemaltecas. Sí, guatemalteca.

Los precios en el Kilkenny no tenían gran diferencia a lo que se paga hoy acá por un ron o una piscola (que allá no existen, claramente, o eso creíamos), bordeando los 10 pesos argentinos. Pero nuestras perspectivas en esa época era muy distintas a lo que son ahora. Tres o cuatro mil pesos en un copete era demasiado para nosotros, considerando que nuestros carretes por esos años se resumían a sentarnos en cajas de cerveza en algún local maloliente de Valparaíso y aprovechar la promoción de 3x1, lo que nos permitía llegar en calidad de bulto a nuestros hogares por menos de tres lucas. ¡Qué bellos tiempos!

Pero esa semana era distinta. Habíamos ahorrado lo suficiente para no morir de hambre y la situación que vivía Argentina por esos días de incipiente reactivación económica nos caía como anillo al dedo. No desayunábamos porque nuestro día comenzaba alrededor de las 4 de la tarde, luego de recuperar el conocimiento, porque a eso no se le puede llamar despertar. Almorzábamos siempre lo mismo, pizza y cerveza, excepto Rafael, que se levantaba escondido para darse un festín en el restaurante de enfrente, mientras nosotros luchábamos como animales por el último pedazo de pizza.

Cuando no íbamos al bar irlandés, el Chachachá era nuestro destino. Algo más parecido a lo que estábamos acostumbrados, este barzucho medio clandesta era oscuro, con algunas luces de neón, una barra improvisada y música a todo volumen. Eso sí, la vista no era la misma, pero el bolsillo lo agradecía.

A pesar de lo que nos ofrecía la fiscalizada bohemia bonaerense, sigo insistiendo que el escenario principal de ese viaje fue la azotea del hostal, donde vi por primera vez a Javier fumarse un cigarro completo, a Felipe unir fuerzas con un potencial ex convicto estadounidense para conquistar a una mina, a Nicolás balbucear el peor inglés que he oído en mi vida y a rafa tocando por horas La fiesta de San Benito mientras a Mateo, nuestro compañero de pieza, se le llenaban los ojos de lágrimas.

Y por su puesto, donde casi perdí la vida por caerme a un hoyo…

Continuará…

viernes, 18 de septiembre de 2009

Las azoteas de Buenos Aires


Esa noche de viernes fue muy parecida a los tres días anteriores. Húmeda, calurosa y donde el panorama más interesante era una azotea a tres cuadras del obelisco más famoso de Latinoamérica. Ya habíamos aceptado el hecho de que nuestras pretensiones hedonistas habían sido frustradas por la incompetencia de las autoridades bonaerenses en cuanto a seguridad se trata, lo que se transformó en una tragedia de magnitudes. Para nosotros, cinco simples amigos adolescentes mutantes, esto significaba que el universo nos odiaba y que todos los locales de Buenos Aires estaban cerrados por no cumplir las normas de seguridad en las salidas de escape.


Pero habíamos planeado tanto tiempo este viaje que nada nos detendría, aunque nada hubiese sido bastante. La primera noche vaciamos el cargamento de cervezas del hostal. Fueron, si mal no recuerdo, más de veinte Quilmes de las que nos hicimos cargo. Llevábamos 23 horas viajando en un bus del terror y el taxista que nos llevó al hostal nos estafó con un billete falso, por lo que veinte Quilmes no eran muchas en ese momento. Esa noche no salimos.

La noche siguiente salimos a corroborar los estragos del caso “Cromagnon”. Llovía a mares, lo que dificultaba aún más nuestra tarea: encontrar un lugar para beber y conocer a nuestros amores de verano. Nos quedamos bajo un toldo hasta que cesó un poco la lluvia y giramos a la derecha, siempre cuidando nuestros pasos para poder volver al hostal.

-Volvamos, no hemos visto nada abierto ni lo veremos- dijo Rafa, ya exhausto con la peregrinación.

-Yo vi un par de gringas en el hostal, no es mala idea- dijo Nicolás, tratando de salvar la noche.

-Puta bengala, puta lluvia, puto taxista- pensaba yo.

-Ahí se oye música, vamos a ver- grito Felipe mientras le brillaban los ojos. Era nuestra última oportunidad.

Era una escalera que daba a un subterráneo y, efectivamente, se escuchaba música. Felipe y Nicolás bajaron casi corriendo, mientras que Rafa, Javier y yo permanecimos un poco escépticos, aunque bajamos de todas formas.

-¿Qué hacen aquí?- Nos dijo con cara de perro una mujer con un vestido embasado al vacío y unos tacos impresionantes. -No pueden estar acá. ¡Váyanse!- y ahora sí corrimos todos.

El local era angosto pero profundo, y ahora que lo pienso, el que no haya tenido algún letrero afuera debió habernos dicho algo. A mano derecha, a los pies de la escalera, había una cabina con ventanales, probablemente para los “clientes VIP”, con más mujeres embasadas al vacío. Por el resto del local, repartidos en las mesas, chinos vestidos de terno y con lentes oscuros y créanme, nadie que ande con lentes oscuros de noche es de fiar. Todos nos miraban con cara de pocos amigos y nuestra huida no se hizo esperar.

-¿Dónde mierda nos metimos?- pregunté entre risas.
-En un prostíbulo- dijo Rafa entre más risas.

-¿Se dieron cuenta que habían puros chinos de terno?- dijo Nicolás, mientras huíamos elegantemente (caminando rápido).

-Estaba rica la mina que nos echó- Felipe dijo lo que todos pensábamos.-Uno de los chinos se metió la mano en la chaqueta y juro que vi una pistola- Ninguno de los demás lo vio, pero Felipe sigue convencido hasta el día de hoy que estuvo cerca de la muerte.

El día anterior nos había dicho que alguien nos venía siguiendo, mientras recorríamos el centro buscando un lugar para cambiar dólares y resultó ser una vieja coja, por lo que esa pistola podría haber sido un lápiz, un celular o simplemente un chino buscando algo en su chaqueta, con lentes oscuros en una casa de putas subterránea.

Finalmente nos reímos del asunto en una fuente de soda, entre cervezas y Malboros (los cigarros más suaves que pudimos encontrar) y esa segunda noche decidimos que la azotea del hostal era un lugar seguro y, como descubriríamos luego, bastante entretenido.

Durante las noches siguientes beberíamos cerveza en calzoncillos bajo una tormenta, David Bowie le iba a escupir en la cara a una gringa, Felipe y Nicolás tendrían romances pasajeros e internacionales y yo despertaría en un hoyo luchando por mi vida y gritando por ayuda. Y es que las azoteas de Buenos Aires tiene ese no se qué…

Continuará…

domingo, 13 de septiembre de 2009

Toque de queda

Lo conocí, pero no lo recuerdo. A parte de una imagen borrosa de él sentado en una mecedora junto a su vieja, todo se resume a las historias que he escuchado de quienes fueron su familia y ahora son la mía. El viejo chico, como le decían por acá, era todo un personaje. Uno de esos que parecen nacidos en otro mundo, del que poco queda ya. Una época perdida, que parió a sus hijos para abandonarlos a su suerte.

Cuando yo aparecía por este planeta, el viejo chico ya no era el de antes. Crió a sus hijos a golpes, como se hacía en esos tiempos, pero ya no podía levantar esa mano que tantas veces cayó sobre su esposa o sus hijos, como le había enseñado su padre que tenía que hacerse. Ahora, el viejo chico ya no estaba en ese lugar dónde lo que había aprendido era útil y normal, y tuvo que aprender de nuevo.

Ya era abuelo y comprendía que dar amor también podía ser normal, por lo que generó un gran lazo con sus nietos, que habían heredado el respeto que su propio padre le profesaba. Ellos cuentan que el viejo chico era un caballero de tomo y lomo, silencioso y que se enojaba bastante cuando la gente decía garabatos. Eso sí, cuando no bebía.

Quizá fue el hecho de sentirse fuera de lugar. Quizá fue la culpa. Quizá fue, simplemente, porque así era en su época, en su mundo, su planeta, sus recuerdos. El viejo chico tomaba y era otro. Se perdía por días y nadie sabía si volvería vivo o tendrían que recogerlo de alguna calle porteña. Volvía cuando se le acababa la plata, para buscar comida o robarse algo para vender y seguir tomando. Se quedaba unos días, quizá meses, y una vez más era el caballero que no decía garabatos.

Durante la dictadura se hizo famoso por el cerro. Había toque de queda y ya no podía andar por ahí como lo hacía antes. Le cerraban las puertas y ventanas con candado y escondían todo, pero el viejo chico era comunista y tenía sed. No había muralla que lo detuviera. Pasaban la noche preocupados, esperando que volviera o que no le pasara nada. De pronto sonaba la puerta y los carabineros lo traían del brazo para devolverlo de donde había escapado. Este ya no era su país, dudaba incluso que fuese su cerro.

Desde esa noche, cuando la calma y el miedo se clavaba en el cielo estrellado y sólo se podía escuchar el resonar de las botas por la calle, quien estuviese despierto podía escuchar un ruido de latas. El viejo chico se subía al techo para ver si podía ver a la distancia el lugar de donde vino. Y con la esperanza de un náufrago que cree ver algo donde se pierde el horizonte sobre el azul del mar, gritaba con todas sus fuerzas… ¡Milicos Culiaos!


jueves, 10 de septiembre de 2009

Cómodo en la comodidad

Se dice "valga la redundancia" cuando realmente no puede decirse de otra forma.
Cuando la frase está estúpidamente construida, no hay redundancia que valga.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Los semáforos son divertidos


La noche ya estaba encajada hace rato y los postes sólo alumbraban la ausencia en las calles. Lo único que interrumpía mis pensamientos retorcidos era la radio, que tocaba alguna canción gringa desconocida y llenaba ese siempre incómodo silencio que siento cuando manejo con alguien al lado. El hombrecito del semáforo se vestía de rojo, mientras yo recordaba que en esa esquina había visto al peor malabarista callejero en la historia de este tan trillado oficio. Sentía que la luz no cambiaría nunca, mientras miraba con mi cara más amenazante al hombrecito de verde. De madrugada, los semáforos son interminables, al igual que las malas ideas. Pero así como de noche las leyes del tránsito pierden algo de respeto, las malas ideas pierden algo de malas.

D: ¿Has sentido alguna vez que tu vida es un documental?

A: ¿Qué?, dije mientras quitaba la vista del semáforo. Había escuchado, pero quería ver su cara mientras repetía la pregunta.

D: Que si has sentido que tu vida es como un documental. Que te están grabando. Que alguien lo está viendo.

A: No. Esbocé una sonrisa. Es una idea bastante egocéntrica. Recordé en ese momento una película que se llama Ed tv y que tiene que ver con eso. Un tipo que lo graban día y noche y se vuelve un fenómeno televisivo y termina peleándose con su hermano por una mina. Puro Morbo.

D: Yo sí.

A: Pero me gusta la idea del soundtrack de tu vida. Algo así como que la música que suena en este momento tiene su razón de ser. La canción que sonaba en ese momento era romántica y pensé que haber dicho eso fue una pésima idea.

D: Sí. Esta canción es como para un pre de un encuentro sexual, por ejemplo. (Ahora pensaba que lo que dije no era nada).

Termina la canción y una voz anuncia que la siguiente se llama Just the way you are. Una nota de piano e inmediatamente una voz ronca y profunda demasiado familiar.

A: El guión de este documental es un cliché. Si la anterior era pre sexo, no pueden poner a Barry White después. ¡Cómo no se les ocurre nada mejor!


El semáforo se tiñe de verde y reanudamos nuestro viaje nocturno en silencio y con Barry de fondo. Mientras encendía un cigarro y bajaba la ventana pensaba en que el universo nos había hecho reír por un momento, para demostrarnos que quizá alguien sí nos estaba mirando. Luego pensé que no entendía cómo el señor White se había transformado en el lugar común de las canciones ad-hoc para el sexo y que jamás sería mi opción. No veo nada excitante en la voz ronca y calentona de un hombre gordo y barbón

martes, 1 de septiembre de 2009

Cielos Grises

Tengo pésima memoria y aún peores recuerdos. He tratado de analizarlo y no puedo más que llegar, una y otra vez, a la conclusión que menos me gusta. ¿Cómo es posible que la mayoría de las cosas que hago, digo, escucho y prometo me resulten tan intrascendentes que no quede ni rastro de ellas en mi memoria? Y no es una recriminación moral, porque si olvido las cosas es por algo. Probablemente porque lo que hice, dije, escuché o prometí nunca fue en serio.

Mi preocupación es técnica: la inspiración me llega y por más que aletee y trate de agarrarla con fuerza, se va, se desvanece, se pierde entre mis estrechos y recónditos pasillos mentales, sólo para volver a atacarme después, nuevamente desarmado y sin previo aviso. ¡Qué infinidad de canciones, reef’s, coros, y melodías que se fueron por la cañería de la ducha o se perdieron entre la toalla y el primer calcetín! ¡Cuántas rumas de entradas para este blog se esfumaron entre el camino a casa y algún lugar de la ciudad!

Pero vamos a lo concreto. Ideé una serie de mecanismos (bastante básicos) que funcionan como extensiones de memoria, más conocidos como grabadoras, pizarras, libretas, lápices y últimamente el celular. Escribo un mensaje de texto con la información que quiero cuidar (usualmente letras de canciones de la cuales no sé el nombre) y lo guardo como borrador. Obviamente, olvido que lo guardé y pasan siglos antes que lo recuerde, los vea y busque lo que quiero.

Hace unos días salí a fumarme un cigarro a la puerta de la casa con el Ipod y un cuaderno para repasar unas ideas de mi tesis y porque mi pieza está a dos cajetillas de oler igual que un bar de mala muerte y debido a las pocas ideas me dio por revisar el celular. Tres mensajes guardados, uno familiar y dos que no recordaba. El primero era: La noche/me hace al volver/enloquecer, la letra de una canción de Adamo que quería sacar en la guitarra para cantarle a mi madre. El segundo decía “Wilco” y la cosa comenzaba a ponerse misteriosa. La noche siguiente me enteraría que Wilco era una banda que me había recomendado un amigo y que está re interesante por lo demás.

Pero el tercero me dejó absorto. No recordaba haberlo escrito yo y no tengo idea que hace en mis mensajes guardados como borradores. En ese momento el sol se escondía y los arreboles salían al baile. De pronto, las nubes cubrieron todo y un viento intermitente se llevaba las cenizas de mi segundo cigarro y sacudía las ramas. Sentado en la escala pensé que ese era mi momento favorito del día y en mis orejas sonaba Grey Skies de The Verve cuando comencé a pensar en la teoría del caos, el orden tras desorden aparente. El mensaje decía: Quiero hablar contigo, como dices tú, algún día.

Estoy convencido de que mi vida es un musical, y por ende, más que acompañante, la música es la historia. Debido a esto, cuando algo está sonando y me llama la atención, es señal de que algo va a pasar y créanme que lo he comprobado. Es como si el universo te diera pequeñas señales de que a veces gira entorno a ti. Como el día en que mi tío dejó este aburrido mundo y escuché cinco veces, en lugares distintos, Starman de Bowie. O como ese otro día triste, cuando encontré la que es, probablemente, una de mis canciones favoritas. O como esos otros días, no tan especiales, en los que notas que la canción que suena es la misma de la que conversabas ayer, sin poder acordarte de ni una sola nota.

No tengo cómo saber en qué circunstancias llegó ese mensaje a mis borradores, ni si lo escribí yo o no. Recuerdo que una vez me pidieron el celular y me dejaron otro mensaje de forma intencional en los borradores para que lo leyera después, pero no recuerdo qué decía ni quién fue. Pero creo que no necesito saberlo, sólo así se puede seguir confiando en el universo y su bello desastre, y como dice el mensaje/señal, algún día tendré esa conversación.

lunes, 24 de agosto de 2009

'Cause every once in a while

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La gente tiene varias formas de desahogarse y esta es una de las mías.


La canción se llama Move on y es el track número seis del disco Get Born de Jet. Lo compré en Argentina, durante un viaje inolvidable con mis amigos y media hora despúes, Rafa se sentó arriba y quebró la carátula... maldito !


Pd: I'm sorry for my english !

martes, 18 de agosto de 2009

La elegancia del caracol

Leía hace un tiempo a un tipo que hablaba sobre el amor de familia y ponía de ejemplo a Keith Richard jalándose, con un poco de magia blanca, las cenizas de su padre. “El acto siempre está por encima del pensamiento” decía, mientras yo pensaba que quizá la satisfacción del acto y su incomprensión son cosas absolutamente ligadas. Y es que nunca se dan todas las razones cuando justificamos lo que hacemos, ergo, las absolutamente incomprensibles por el resto son las absolutamente gratificantes para uno. Quizá no sea la mejor teoría. De hecho, eso de entender las cosas está absolutamente sobrevalorado.

Me fumaba un cigarro hace unos días, mientras rogaba que no se pusiera a llover de nuevo para no tener que pararme en la entrada del edificio rodeado de gente que no conocía y, de pronto, ella se despidió. Chao, cuídate, que estés bien. Beso, abrazo, pasos. Ella de espalda haciéndose cada vez más pequeña. Poniendo los pies uno al frente del otro, como caminan las que saben hacerlo. Era segunda vez que la veía en persona, pero la primera fue fugaz, de noche, después de la juerga y en realidad ni ella ni yo nos vimos. Una coincidencia espacio tiempo interrumpida por un amigo con agua en el bote gritando improperios que me obligaron a bajar la mirada, tomarlo del brazo y seguir caminando.

Beso, abrazo y pasos de una que sabe. Fue el abrazo, pensé de repente, el segundo abrazo. Ya me había dado uno cuando llegó llena de amigos y me saludo entre los míos. En ese momento me pareció extraña la forma en que se reconocen dos personas que nunca se han visto y menos han cruzado palabras, sino letras. ¿Habrá visto ella al mismo con el que conversa a veces? ¿Será ella esa misma?, pensé. No el primero, no lo noté. Fue sin duda el segundo abrazo el acto y ella no lo supo. No tenía por qué tampoco.

Una noche de la semana pasada estaba sentado frente a mi compañero inseparable de aventuras y desventuras y le decía que por temas de comodidad habíamos caído en la mala costumbre de sentirnos seguros donde estábamos, cómodos con los nuestros, y que eso nos privaba de cosas. Hay que conocer más gente, espeté decidido y envalentonado gracias al gin. Tienes razón, dijo él, por culpa del pisco. Obviamente, seguimos sentados uno frente al otro, en una mesa demasiado pequeña para mi gusto, sin hablar con nadie más que los dos meseros que nos atendieron.

Mi hermana me contaba que hace unas semanas tuvo que renovar sus documentos y que mientras esperaba en el registro civil notó que un chico la miraba mientras escribía en una libreta. Notó al salir que la seguía y luego de revisarse para ver si le habían robado algo, lo perdió de vista. Más tarde encontró en uno de sus bolsillos un poema sobre la belleza que se pierde y difumina en las salas de espera y en la burocracia de la vida, sin nombre, sin contacto, sólo por la satisfacción del acto. Yo pensé, no muy convencido de mi mismo (cada día me creo menos) que también era capaz de algo así…creo.

Beso, abrazo, pasos. Yo apoyado en la pared con mi cigarro a medio terminar y ella caminando, un pie delante del otro, sin saber que su acto me había alegrado el día. ¿Por qué habría de abrazarme si a penas me conoce? Si hubiese sido yo, no lo habría hecho, pensé. Me di rabia. ¿Si se lo hubiese dado yo habría pensado lo mismo que pienso? Quizá para ella es normal y no merece mayor análisis que el de un saludo o una despedida amigable. Ella encarnó por un breve segundo, mientras se desaparecía por la Avenida Errázuriz con caminar elegante, lo que yo me había propuesto esa noche de tragos. Y sólo le bastó con un gesto, un acto por encima del pensamiento. No del suyo, claro está, sino del mío.

No la conozco más allá de algunas conversaciones y dos abrazos, pero me alegró un día de lluvia, lo que lo hace aún más meritorio. Después me dijo que me veía bien en mi camisa a rayas y terminó por coronar su acto de bondad hacia un seudo desconocido, aunque mi camisa haya sido a cuadros. Espero que esto te alegre el día o lo que queda de él.

viernes, 14 de agosto de 2009

Cuestión de necesidades y honestidad

Lugar: A las afueras de un supermercado de Viña, en 10 norte.

Hora: Al rededor de las 9 de la noche.

Situación: Voy saliendo del supermercado, con el vuelto en una mano, una cajetilla de cigarros y un par de bolsas en la otra y, de pronto, veo a un mendigo. Por alguna razón creo que les hago un bien cuando les doy dinero y me siento mejor haciéndolo (tengo la mala costumbre de hacerme sentir bien a mí mismo con actitudes intrascendentes).

Miré mi mano y tenía varias monedas. Elegí dos de cien pesos y se las ofrecí, sin decirle nada. En realidad, ofrecer no es la acción precisa, porque se me hace ilógica la necesidad de preguntarme o preguntarle si las quiere o las necesita. Hay una sensación estúpida de que lo que le falta es lo que te sobra.

El tipo, para mi sorpresa, me dice que no con la cabeza y yo, tratando de entender por qué razón no querría aceptar mi ayuda (intrascendente y despreocupada), sólo atiné a decir: ¿qué?

De pronto pensé que me había descubierto, que se había dado cuenta, tras mi magnánimo gesto, de lo vacío que en realidad era. Que había notado lo poco que me importaba su historia, su situación, sus razones, sus necesidades, carencias, virtudes, ideas o sueños. Pensé, por dos o tres segundos, que el mendigo se pararía frente a mí, dejaría mi mano estirada y avergonzada, y me diría: “No aceptaré tus monedas porque no quiero hacerle favores a un imbécil”.

Pero no, miró mi otra mano, la que no tenía monedas, y me dijo: quiero cigarros. Y yo, haciendo honor a mi estúpida actitud anterior, para volver a sentirme bien conmigo, le di dos.



domingo, 9 de agosto de 2009

Vecinos/Súbditos

Hoy, leyendo a otros blogeros mucho más interesantes y dedicados que yo, llegué a la conclusión de que me gustaría tener vecinos. Es decir, los tengo, por todos lados, pero no molestan, ni siquiera hacen ruido, y eso me consterna.

Al costado izquierdo de mi casa viven alrededor de ocho personas y las veo tarde, mal y nunca. Al frente hay una familia de cinco, con niños y mascotas, pero sus apariciones callejeras son esporádicas y breves. Del otro costado es aún peor, ya que el mayor contacto que tengo con ellos (no sé cuantos son, ni sus nombres o edades) son los objetos que dejan sobre mi techo, como volantines, pelotas, botellas plásticas u otros juguetes, por los que deduzco, de una manera bastante arqueológica, que hay pequeños y que juegan a veces, empecinados, según mi experiencia, en que nadie los vea.

Y no es que necesite un saludo o una conversación intrascendente de parte de ellos, pues tengo suficiente con tener que saludar e inventar alguna pregunta que en realidad no me interesa cuando me encuentro con alguien medianamente conocido en algún otro lado. Lo que les pido es ruido y tiene que ver con que su silencio me ha puesto quisquilloso con mis propias expresiones auditivas.

Tengo el monopolio de lo que se escucha en esta cuadra. Abro mi ventana, subo el volumen, aprieto shuffle. Soy el culpable de una dictadura y no me gusta y lo que es peor, a nadie perece importarle, lo que hace de mi acto una cuestión sin sentido. Es como cuando juego fútbol. Mientras mejor sea el rival, más me divierto, aunque nos vayamos con una derrota categórica. Pero aquí no hay feedback, no hay contrincante, no existe el héroe ni el antagonista y si esto fuera una novela, sería un bodrio.

Y es que uno se cuelga de una ilusión, como si las películas se basaran en cómo fueron las cosas, cuando en realidad lo hacen en cómo nos gustaría que fuesen. Me gustaría que sonara mi timbre un día y alguien me pidiera un CD o me preguntara por el nombre o el artista de una canción que sonó ayer, a eso de las siete, cuando todavía quedaba algún atisbo de luz, justo antes de que se prendieran los focos de la calle. O levantarme un día y escuchar algo nuevo y prometedor, que me haga ir por ese timbre. O por último algo de Ana Gabriel o Arjona, para que abrir la ventana y subir el volumen cobre algún sentido, porque sería genial ver cómo se las arregla el nicaragüense fome para callar la guitarra de Clapton o un grito de Plant.

Hoy es domingo y sigo sentado en la soledad de mi trono de tirano, esperando un digno rival, mientras mis súbditos escuchan, les guste o no, el unplugged de Alice In Chains.


jueves, 6 de agosto de 2009

La clave del amorshhh

La película se llama "Martín (Hache)" y es absolutamente recomendable si usted es amante de las frases para la memoria y las teorías intrascendentes sobre la vida y las relaciones "humanas", que de humanas tienen cada vez menos.

Follar mentes muchachos, he ahí la clave. Suena medio cursi, pero por lo menos para mí, no hay nada mejor que una chiquilla bonita, pero nada más desilusionante que una chiquilla bonita sin una mente que te caliente (en el buen sentido de la palabra). Claro está que lo de bonita y lo de que te caliente se amarra a las perspectivas personales, pero al fin y al cabo son aquellas las que no se deben traicionar jamás. De hecho, en la película, esta encrucijada termina con un cóctel de drogas, pastillas, cerveza y suicidio en una piscina.

Pensamiento aparte, a Martín le dicen Hache porque se llama igual que su padre y la hache es por Martín hijo. Yo siempre quise un sobrenombre decente y mi papá me puso su mismo nombre, por lo que Hache me parece el adecuado, lástima que ya no fue mío.

Mención especial para Paz que me habló de Hache e hizo como que escuchaba mis teorías sobre la frase.

lunes, 3 de agosto de 2009

No todos brillamos

Para ser sincero, el título del blog es un tanto exagerado. No todos brillamos como la luna, las estrellas y el sol. Pero todos tenemos algo especi... no. Comienzo de nuevo. Todos tenemos algo raro. Yo por ejemplo, tomo el lápiz así desde que tengo memoria. Segun mi mamá es porque cuando chico tomaba el lápiz con la izquierda y fue la única forma de que lo tomara con la derecha (no sé para qué).








También, según mi hermana, sigo moviendo los labios cuando dejo de hablar (lo cual no ha sido comprobado empíricamente).




Ah ! Y puedo hacer esto... con ambos ojos !




¿Lo ven? Ni un brillo... ¿y usted?





miércoles, 29 de julio de 2009

Mal entendido

LET'S FUCK ... OUR FUTURE


Hay que dejar de escuchar lo que uno quiere escuchar y empezar a escuchar de verdad

miércoles, 22 de julio de 2009

Lávese por dentro


"Su suciedad, caballero, también es autocomplaciente, y su autocomplacencia, sucia".
Milan Kundera, La Despedida
El Checo se refería a un tipo con las uñas sucias. Cuando lo leí, fue otra suciedad la que despertó mis referencias. Sin barro, sin mugre, sin olor, pero que apesta.

martes, 21 de julio de 2009

Universos Paralelos

Eddie y yo nacimos el mismo día

Quizá, en un universo paralelo

él estaría sentado frente al pc buscando videos míos para subir a su blog

pensando que soy genial y que esta coincidencia debe significar algo.

Con respecto a la canción, es como "sóbate y sigue caminando"... un buen consejo por estos días.

domingo, 19 de julio de 2009

Facebook Karma

A veces, sólo a veces


el que mi nombre empiece con A


me hace pensar que le intereso a la gente.


viernes, 17 de julio de 2009

Negocio redondo


Estos dos son geniales
Quiero tener un hijo como Calvin
y ser miembro honorario de A.S.C.O
porque no hay nada peor que la estupidez despampanante
de quien anda gritando por la calle
que se merece una
patada en la raja

miércoles, 15 de julio de 2009

Estamos rodeados

Entre la multitud alcoholizada, sudorosa y sobre exaltada, aparece Miguelangel. Y con esa seguridad que brota de los ojos cuando descubriste algo, me dice:

-Toño, estamos rodeados... de puros hueones.

La risa me explotó en un principio. Luego, tras cavilaciones varias y una mirada al rededor... sentí el miedo.

lunes, 13 de julio de 2009


viernes, 10 de julio de 2009

Hazla corta !

No recuerdo cómo llegamos, conversando hace un par de días, hasta el famoso cuento del dinosaurio. ¿Quién no ha escuchado esta popular frase/cuento (para mí incomprensible) sobre una extraña visión post siesta?

Investigando un poco, descubrí que fue escrito por Augusto Monterroso, un compatriota del repetitivo de Arjona y que fue considerado hasta el 2005 como el cuento más corto jamás escrito en lengua española. El texto es el siguiente:

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí

¿Captaron? A mí me cuesta. De hecho, lo más cercano que he estado de entenderlo es la interpretación/parodia de Juan Forch, titulado Intertextualidad, que reza así:

Cuando despertó, Fidel todavía estaba allí

Notable!

El mejicano Luis Felipe Lomelí le quitó el cetro a Monterroso con su texto El Imigrante, que es un poco más explícito (en lo personal) y que tiene relación con las circunstancias que rodean el dejar la patria y llegar a nuevas tierras, con la carga cultural y las experiencias al hombro. El texto es el siguiente:

¿Olvida usted algo? -¡Ojalá!

Dejo la reflexión para nuevas interpretaciones y pronto vendré con mi incursión personal en el fascinante y breve mundo del cuento corto.

Metáfora Musical/Visual

El


comienzo

de

un viaje










y la



elección




de los




caminos.






La música

es una

metáfora



de la vida !










martes, 7 de julio de 2009

Un Consejo Teledirigido

Escuchar estupideces puede causar serias deformaciones físicas y mentales
....y bueno, el sol también!

lunes, 6 de julio de 2009

What about Michael

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Ok

Hoy leí que Michael anda penando en Neverland

Espero que con esto no me venga a tirar las patas

Michael... sacúdete en tu cripta !

martes, 30 de junio de 2009

Somos todos miserables


Pablo lo sospechaba hacía mucho tiempo, casi con la sensación de haberlo querido así. Sin embargo, para la gente que lo rodeaba y que logró conocer algo más que su rostro serio y cejijunto pero ligero de sonrisa, era algo imposible. Todos pensaban de él lo mejor y, en realidad, lo merecía. Venía de una familia buena y normal (en la medida de lo posible), no era egoísta y pasaba buenos ratos tratando de robar sonrisas de algún rostro triste o preocupado. Nunca se inquietó por cosas muy banales y siempre estaba dispuesto a escuchar, aunque fuera una conversación tortuosamente aburrida o un drama digno de algún guionista venezolano. Era sin duda lo que podría definirse como un buen tipo. El problema radica en que ser esta clase de hombre está a dos pasos de distancia de ser huevón. Y una cosa es que te consideren buen tipo, pero otra muy distinta es querer serlo, como Pablo.

La vida había sido más que generosa con él. Además de algunas desilusiones amorosas o algún ataque directo al ego, nunca sufrió traspié alguno en el largo y difícil camino de crecer, lo que marcaba fuertemente su personalidad. Despreocupado de todo y un tanto irresponsable, como si todo le fuese a llegar de regalo, en algún momento, cuando se hiciera realmente necesario. No era un tipo que inspirara confianza en si mismo, pero de alguna manera la gente lo envidiaba. Quizás porque se conformaba con poco. Talvez porque tenía más de lo que merecía su esfuerzo. En resumidas cuentas, Pablo era un tipo simple con altas expectativas, ya que la vida fácil -esa que se vive con los padres, en el colegio y la ignorancia- le había puesto la vara demasiado alta.

Se podría decir que uno viene con cierto camino trazado cuando llega a este mundo. Lo interesante es darse cuenta de la increíble capacidad del hombre de torcer su destino y convertirse en un fallido intento de persona. Somos extraordinariamente hábiles para tomar el mal camino, para perder oportunidades y sentarnos sobre nuestra autocompasión a mirar pasar la vida. Pablo era un paradigma de este hecho. Muchas veces los golpes en el camino nos van moldeando hasta convertirnos en desconfiados y amargos seres que pululan por las calles, pero ¿qué pasa cuando es un hecho, un sólo hecho, el que desencadena el largo, vertiginoso e irreparable camino hacia la desilusión por las personas? Es fácil echarle la culpa a alguna situación inesperada o fuera de nuestro control o manipulación, pero la vida es una cadena de acontecimientos hilados por nuestras decisiones, y son éstas las que, al final, nos definen.

La vida siempre es una apuesta al futuro. Nunca sabemos el peso de nuestras decisiones en el momento en que las tomamos. Los fotógrafos dicen que cuando toman la foto perfecta nunca lo saben, porque en el momento de apretar el botón, el lente se cierra y esa imagen sólo será vista a la hora de revelarla. La vida y las decisiones funcionan de la misma forma. Además, todo nuestro referente se traduce a situaciones pasadas, digeridas y masticadas con los dientes de nuestra educación y saboreadas por el paladar de nuestra cultura. Vemos de la forma en que nos enseñaron a ver el mundo. Entonces, es fácil desligarse de toda culpabilidad al ver nuestra vida destrozada, desesperanzada y sin ilusiones. Pero no. Ya lo dije y así lo entendió Pablo. La vida es una serie de acontecimientos concadenados por nuestras decisiones y, cualquiera de ellas que hubiese tomado otro camino significaría una realidad distinta, un presente alternativo y un futuro aún desconocido.

Por lo mismo, no vale la pena comenzar a recoger esa cadena una vez que los dados están echados, pues vivir del pasado no rinde frutos para aquellos que buscan vivir una vida digna. Lo mejor en estos casos es asumir los caminos tomados como si fuesen la diáfana expresión de nuestra voluntad y nuestro raciocinio. Como si alguna vez la razón ejerciera como el eje del comportamiento humano. Aún así, hay que creerlo, mirarnos al espejo y asumir los pasos dados, aunque la desilusión y la miseria espiritual representen el fin de esa caminata. Al fin y al cabo, morir con una sonrisa, con un suspiro de alivio o con la esperanza de que la muerte no será peor que lo anterior es sólo cuestión de suerte. La actitud no importa, porque sumando y restando, de algún modo, somos todos miserables.
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La pintura es de René Magritte y se llama "El maestro de escuela" (1954). Le debo el nuevo nombre del blog también. A él y a Michel.