jueves, 2 de febrero de 2012

Elipsis

¿Qué hago? Puedo seguir sintiéndome mal. 

Puedo mantener detrás de un hola una serie de elipsis teledirigidas.

Aunque nadie esté mirando.

Puedo seguir cargando sobre los hombros las faltas de otro.

Puedo seguir mirándome a través de cristales sucios y trizados por batallas que no son mías.

Y puedo es un decir.

No puedo hacer otra cosa por ahora.


Mi interés por las historias me hace lanzar una luz conformista sobre esto.

Puedo ver la ironía y pensar al menos que, de alguna forma, algo tiene de bello.

Teoría del Caos, el universo riéndose de ti.

El que se queda, se queda con algo. El que se va... vaya uno a saber.

De pronto, el temor mayor se hace realidad.

Ya lo era, pero lo niegas hasta esconderlo debajo de la cama a punta de mentiras.

Te quedas con todo, pero hecho pedazos.

¿De qué te sirve si nadie lo puede armar?

"Qué terrible es cuando uno dice te quiero y en la otra punta la persona grita: <<¿Qué?>>" 

domingo, 8 de enero de 2012

Una de café y tres de azúcar

Romano se levantó temprano, casi de noche, como todos los días. Mientras se afeitaba con los ojos clavados en el espejo empañado del baño, se repetía una y otra vez: una de café y tres de azúcar, una de café y tres de azúcar, una de café y…

El agua ya estaba hervida. Caminó desnudo por su departamento, irguiendo el pecho y entrando el estómago; tratando, con el optimismo de un condenado a muerte, de verse más alto. Siempre se vestía siguiendo la misma rutina. Primero se ponía los calzoncillos, sorbeteando un café que esa mañana tenía un sabor distinto, más dulce de lo normal. Luego, y con la delicadeza de un relojero, cubría sus pies con los calcetines, acomodando la costura interior sobre el dedo gordo y la costura exterior bajo el dedo pequeño. La camisa, delicadamente estirada, la abotonaba de arriba hacia abajo, dejando el botón del cuello para el final. Después venía el turno de los pantalones, el cinturón bajo la barriga, el nudo de la corbata y finalmente se sentaba sobre la cama para inclinarse sobre los pies y encajarlos en sus zapatos negros y nostálgicos de aquella vez en que fueron elegantes, con suelas que sonaban orgullosas. Las llaves al bolsillo izquierdo y los Derby, junto a los fósforos, al derecho de la chaqueta.

Era algo más temprano de lo habitual cuando salió a la calle, cerró la puerta y caminó al paradero.

-Buenos días muchacho, tanto tiempo sin verlo por acá- le dijo el anciano peluquero, que a esas alturas se había ganado el derecho de decirle muchacho a cualquiera.

-Buenos días Don Samuel, necesito que me lo deje cortito, y que desaparezcan las patillas.

-Siéntate muchacho, es algo temprano para tanto trabajo, déjame ordenar un poco. ¿Cómo va la pega?

-Este lunes asumió el nuevo Rector, nos estamos conociendo. Parece ser un buen tipo.

-Buenos tipos hay por todos lados. Ser un buen rector debe ser un poco más difícil- dijo el peluquero mientras tijereteaba sobre las canas en la cien de Romano.

-¿Y qué podría saber usted de eso?- respondió con una engreída sonrisa.

-Llevo años en esto, muchacho. Mucha gente, de todo tipo, me ha confiado su cabeza y no solamente para que use mis tijeras.

-Por eso no vengo muy seguido, Don Samuel. Recuerde las patillas. Ya no quiero patillas.

Romano decidió irse caminando. Ese día no lo necesitaban temprano. Mientras encendía un cigarrillo, repetía en su mente: una de café y tres de azúcar, una de café y tres de azúcar, una de café y tres de azúcar. Ya eran casi las diez y aún no había recuperado la llave.

Llegó más tarde de lo que había previsto y tocó el timbre echándole un vistazo a su reloj con correa de plástico. Diez para las diez. Tocó el timbre nuevamente y entonces escuchó la sonajera de la chapa.

-Romano, finalmente. Ya iba saliendo- le dijo el hombre, mientras guardaba sus documentos en la solapa de la chaqueta.

-Disculpe señor, tuve que pasar a otra parte antes de venir. Qué bueno que lo encuentro, me encargaron las llaves y supuse que las tenía usted- respondió Romano sin mirarlo a lo ojos y con cierta molestia discreta.

-Sí, me las llevé sin querer. Supongo que fue el inconciente- reconoció el hombre mientras sonreía-. Voy a extrañar esa oficina. Y a usted también, Romano. Lo voy a extrañar a usted también- repitió palmoteando el hombro tenso de Romano.

-Debo irme señor, necesito las llaves. ¿Las tiene por ahí?-. Romano forzaba una mueca algo parecido a una sonrisa.

-Sí claro, déjame ir por ellas. Pasa, no te quedes ahí.

-No gracias, debo irme. Lo espero aquí afuera.

Salieron juntos y el tipo cerró la puerta con llave.

Como era de costumbre, Romano siempre caminaba un paso adelante de su compañía de turno. Cuando era un grupo, se abría paso a hombrazos entre todos y terminaba siendo el perro guía del trineo. Pecho arriba y barriga adentro, Romano se sentía esta vez realmente más alto, aunque sólo sobrepasara por un par de centímetros el hombro de su acompañante.

-Se cortó el pelo, Romano. Nunca se lo había visto tan corto.

-Sí, hay que cambiar de vez en cuando. Además, crece. No hay tanto riesgo. Al fin y al cabo, es pelo.

-Cierto, Romano. Usted no es un hombre de grandes riesgos. Entiendo lo que debe haberle costado esas mechas menos. ¿Quiere que lo lleve a la Universidad? Me queda de paso, suba.

-No, muchas gracias, no se moleste. Debo hacer otros trámites antes.

Romano se quedó parado junto a un árbol viendo el automóvil perderse en una esquina, tres cuadras más arriba. Encendió un cigarrillo, rascó su patilla ya inexistente y se acomodó el cinturón bajo la barriga. Ya estaba en el frontis de la universidad cuando se sorprendió repitiendo una de café y tres de azúcar.

- Todavía no aparece Romano, necesito que lleve unos papeles a la dirección académica- dijo la secretaria mientras escribía en el computador de su escritorio.

-En algo anda, usted sabe que nunca está quieto. Además, con el nuevo jefe, hay mucha pega por estos lados y se lo debe andar ganando. Usted sabes como es- respondió una señora gorda, vestida con una capa azul marino, que sacudía el polvo de los muebles ubicados en el hall de la rectoría y trataba de acomodar las mechas sueltas que se pegaban en su frente.  

-Buenos días-. Romano hacía su entrada con seriedad y la prisa suficiente para no ser interpelado por la secretaria.

-Romano, qué bueno que aparece. Necesito que me lleve estos papeles a…

-Ahora no. Usted sabe que eso no es parte de mi trabajo.

-Usted sabe cómo es, señorita. No se haga mala sangre. Cuando llegó el anterior hacía lo mismo. Corría de un lado para el otro y el señor Morgado lo único que hacía era mandonearlo. Se cree importante y no es más que uno de los nuestros- dijo la gorda mientras Romano entraba en la oficina y ella se arremangaba la capa y pasaba el paño por los vidrios de las ventanas.

-Buenos días, Rector. Ya deberíamos ir saliendo. Hoy tiene una reunión en la facultad de Kinesiología y luego debemos ir a Playa Ancha a inaugurar un jardín infantil. También le traje las llaves del gabinete de su escritorio, el que no pudo abrir ayer y estoy gestionando para que le asignen otro estacionamiento, más cerca que el que tiene.

-Gracias, Romano. La secretaria ya me informó de todo y hoy me dieron el nuevo estacionamiento. ¿Vamos?

-Por supuesto. Aquí le dejo las llaves- Romano se apresuró a abrir la puerta de la oficina.

-Antes de irnos, ¿puede ir a dejar los papeles que tiene Gloria sobre el escritorio a la Dirección Académica? Aún tenemos tiempo.

-Claro. Encantado. No me demoro nada. Espéreme en la puerta y vuelvo con el auto.

Romano hinchó el pecho y se acomodó el cinturón nuevamente. Como un gallo desplumado que no pierde jerarquía, tomó los papeles y caminó a trancos hasta la Dirección Académica sin decir una palabra. Volvió al estacionamiento y le pasó un paño al automóvil. Se subió y sintonizó la radio en la 88.1 y se dirigió hasta la puerta de la Facultad.

-Le tengo puestas las noticias.

-Qué amable de tu parte. En mi casa me retan cuando ando con las noticias puestas en el auto- explicó el rector, mientras se acomodaba en el asiento trasero del vehículo.

-A mi también me gusta escuchar noticias, me gusta ser un hombre informado- dijo Romano, mientras miraba hacia ambos lados de la calle y asomaba la nariz del automóvil-. Dentro de un auto no se puede tener un buen panorama del país, por eso escucho las noticias. Estar informado es importante para mí porque no…   

-¿Aló? Sí, voy en camino a una reunión, pero cuéntame… ¿A las siete? Creo que puedo llegar. Te llamo cuando me desocupe… ¡Ah, que maravilla! ¿La sinfónica nacional? ¿El Arte de la Fuga? Me encanta Bach… Sí, te paso a buscar. Ahora voy con Romano, pero tengo el auto en la facultad… Romano, mi chofer… Está bien. Nos vemos a las siete. Adiós.

El celular interrumpió la conversación y Romano decidió no insistir sobre ella.

-Llegamos. Lo espero acá, señor.

-Gracias Romano, es usted muy amable. Te cortaste el pelo. Pareces un uniformado. Intimidarías a cualquiera.

-¿No le gustan los uniformados, Rector?

-No mucho, en otras épocas les decíamos “milicos”. Además, me gustaban tus patillas. También me recordaron otras épocas. Vuelvo en un par de horas. No me esperes, te llamo cuando me desocupe.

-Está bien, señor.- Romano dejó el automóvil estacionado y salió de la Facultad de Kinesiología. Encendió un cigarrillo y caminó un par de cuadras. No tenía mucho más que hacer.

-¿Cómo le fue, señor?

-Bien, estas reuniones no son muy entretenidas. Vamos a Playa Ancha. Mejor me cuenta qué hizo usted.

-No mucho, Señor. Compré un par de cosas y quemé un poco de humo.

-¿Usted lee, Romano?

-Cuando algo cae en mis manos, señor. En la universidad leo el diario cuando lo encuentro.

-Me refería a literatura. Leer sólo noticias puede deprimir a cualquiera. Te voy a pasar algunos libros. Al fin y al cabo, es por mi culpa que pasas el día esperando.

-Gracias, señor. De todas formas no me molesta. Es mi trabajo.

-Exacto, Romano. Es sólo tu trabajo. 

A las seis de la tarde Romano había guardado el automóvil luego de lavarlo y encerarlo por dentro. También había llevado una impresora al servicio técnico, dejado unos papeles en secretaría y había pasado a comprar unos zapatos nuevos.

-Permiso, señor. ¿Necesita algo? La impresora la tienen para mañana y los papeles ya fueron entregados.

-No, Romano. Debo firmar unos documentos y ya me voy. ¿Te puedo pedir un café antes de que te vayas?

-Por supuesto. Una de café y tres de azúcar. ¿Cierto?

- Qué buena memoria que tiene usted. Pero agrégale un poco de agua fría. No la sirvas hasta el tope con agua hirviendo. Muchas gracias, Romano.

-Una de café, tres de azúcar y un poco de agua fría. Cómo no, señor.

A las siete y media Romano ponía las llaves en la puerta de su casa. Prendió el último cigarrillo de su cajetilla y dejó una nueva sobre la mesa, junto a los fósforos que guardaba en el bolsillo derecho de su chaqueta. Encendió la luz del living y tomó una bolsa que reposaba arrimada a los cigarrillos. Se sentó sobre el brazo del sillón y sacó un disco compacto que compró mientras esperaba al decano fuera de la Facultad de Kinesiología.

Se sacó la corbata, colgó la chaqueta y los pantalones y planchó la camisa que llevaba puesta. Dejó los zapatos nuevos frente al velador de su cama y se sentó en el living, con la luz apagada, a fumar el último cigarro del día.

Encendió la radio y el noticiario inundaba el espacio iluminado por un farol amarillo que se asomaba entre las cortinas. Apretó el botón “CD” y se recostó sobre los cojines. Mientras miraba sus zapatos viejos como quién mira algo que no pertenece al lugar donde reposa, los acordes de piano comenzaban su fuga clásica. A la mañana siguiente, Romano estaba frente al espejo empañado del baño, repitiéndose una y otra vez: una de café, tres de azúcar y un poco de agua fría. Había decidido dejarse crecer las patillas. 

martes, 1 de noviembre de 2011

De ausencia y atardeceres


-¿Sabes qué voy a extrañar de Chile?- me dijo mi hermana mientras me contaba de su visita al que será su nuevo país.

-Los atardeceres, voy a extrañar los atardeceres. En Aracaju no hay atardeceres porque el sol se esconde por el Pacífico. Simplemente, en algún momento, ya no hay sol.

Me sorprendí. Nunca había imaginado que algo tan concreto, consistente y confiable como un atardecer pudiese fallar alguna vez. Porque uno confía en lo que no cambia, en lo que conoce, en lo que se sabe. Y un atardecer es eso. El sol sale y se esconde, se pierde bajo la línea del mar, entre los cerros, allá en el horizonte. Día tras día. Cada uno de ellos.

-Uno no se da cuenta de los privilegios que tiene- fue lo que pude decir.

Luego pensé en lo lindo que debe ser ver un atardecer por primera vez. Y después pensé en que mi hermana podrá, de alguna u otra forma, vivir esa experiencia. Ser conciente de su privilegio una vez que se haya acostumbrado a dejar ir el sol sin despedidas.

Volverá alguna vez con sus crepúsculos silencioso a cuesta y ese día tendrá, quizá como nunca lo ha tenido, un atardecer sólo para ella. Una bienvenida solar. El abrazo de un viejo amigo.

Creo que echar de menos tiene algo que ver con esto. Acostumbrarse a algo es en parte comenzar a olvidarlo. Es borrar los contornos, difuminar los detalles y lo que cae en la costumbre, sea bueno o malo, cae también en la desidia, incluso en la indiferencia.

Cuando uno extraña, la pena inunda e inhabilita, pero de alguna u otra forma, los detalles resaltan, los contornos vuelven, los colores se intensifican. Volvemos a entender el privilegio de ver un atardecer, de esos que vemos día tras día.

Algunos dejan de ver al sol hundirse en la noche, otros dejamos otras maravillas para entenderlas y volver a sonreír con ellas.

viernes, 5 de agosto de 2011

Este país

Este país hace mal.

Este país es una pena.

Este país es un chiste malo, cruel y repetido.

Este país es una farsa.

Este país no es un país.

Este país es una mala idea.

Este país es una broma de mal gusto.

Este país es un escalofrío.

Este país es una trampa.

Este país es un triste intento.

Este país es una patada en los cocos.

Este país es una arcada.

Este país es un error.

Este país es una tragedia.

Este país es una traición.

Este país es un piedrazo en los dientes.

Este país es su gente. 

Alguna gente.

Con eso me quedo.              

domingo, 13 de junio de 2010

Falsas alas

Vuela el pájaro que creí serpiente.

Pero vuela con la culpa de las que se arrastran.

Las plumas pomposas acusan su real naturaleza.

Esa que nace entre polvo, sombras y sangre fría.

Vuela el pájaro que creí serpiente.

Pero sólo se arrastra entre las nubes.

Mientras el sol acusa sus escamas.

martes, 13 de abril de 2010

I hurt myself today...

Hace un par de semanas un primo chocó en moto y se quebró la clavícula. Pudo haber sido mucho peor. Volamos al sitio del accidente, porque él llamó para decir que estaba accidentado en algún lugar del camino a Lo Orozco, mas o menos a 40 minutos de mi casa, sin pode moverse y sin nadie que lo ayudara. Mientras salíamos de la carretera y entrábamos a ese camino de mierda, lleno de curvas y pendientes, no podía sacarme la cabeza la imagen de mi primo ahí botado, todo quebrado, quizá ya inconciente y quizá qué otra cosa.

Afortunadamente, la ambulancia y su señora llegaron antes que nosotros y no lo vimos si no hasta el hospital, con unos cuantos moretones, la clavícula rota y la frente magullada por los lentes que reventaron dentro del casco por el golpe que se dio en el suelo. Y digo afortunadamente porque pudo haber sido mucho peor, pudo haberse matado. Pero no, y va a vender la moto. Al final, el mayor problema fue explicarle a los pacos el por qué no tenía licencia. Claro, eso y la maldita venda que te ponen para que se te pegue el hueso de nuevo.

La famosa venda es como una mochila, un ocho en la espalda que te tira los hombros hacia atrás, para estar lo más derecho posible y que no te la puedes sacar hasta que se solucione la fractura, que varía entre el mes y las seis semanas. Eso para los afortunados, porque si la separación del hueso sobrepasa los dos centímetros, hay que operar y esa ya es otra historia. ¿Cómo lo sé? Porque yo también me fracturé la clavícula, dos años atrás.

Lo mío, claro está, fue mucho menos glamoroso, por decirlo de alguna forma. Jugaba mi primer partido de la temporada por la selección de fútbol de mi carrera y no llevaba en la cancha ni cinco minutos cuando fui a buscar una pelota y un tarado me hace una zancadilla y como si no le bastara con eso, cae sobre mí. Además de los moretones horribles, las heridas llenas de tierra y sangre y el brazo hinchado, me había quebrado la clavícula izquierda.

Me pasé todo un mes postrado, con la maldita venda que me acalambraba los hombros, el cuello y la espalda; que me cortaba la circulación de los brazos y me rompía las axilas porque mi enfermera personal (mi madre que es enfermera de verdad) la apretaba demasiado ya que tenía que estar, en sus palabras, “lo más derecho posible para que no te quede un cototo”. Las fracturas no duelen, a menos que uno las mueva mucho, pero la venda estaba para eso, para no moverse. Eran los moretones los que me hacían sufrir. Y claro, los calambres musculares por la tensión en los hombros y el cuello.

El accidente de mi primo me hizo recordar mi clavícula, y mi clavícula me hizo recordar la infinidad de cosas que me han pasado. Me he quebrado el antebrazo izquierdo dos veces, ambos huesos, y en ambos ocasiones fue jugando fútbol. Cuando era pequeño, me electrocuté con un Nintendo que enchufé mal y la palma de mi mano izquierda aún muestra la señales de eso. Me mordió la pierna el perro de mi vecino, dejándome un colmillo de proporciones en medio de mi gemelo derecho, con los puntos y las inyecciones correspondientes. Aunque lo mejor de esa historia es que el perro (que se llamaba Dinky), se murió unos pocos días después, envenenado por mí sangre.

Antes de cumplir los diez años ya me había metido una piedra en la oreja, me había tragado una moneda y me había corcheteado el dedo gordo de la mano. Era sin duda un amor de niño. Sumándole a eso las clásicas peladas de rodilla, cabezazos varios, uno que otro puñete en la cara, esguinces y luxaciones, normales en la vida de alguien que alguna vez fue deportista, algo sabía ya acerca del dolor. Pero nada, absolutamente nada fue más terrible que el dolor que me causaron dos malditos dientes… Ni se imaginan lo que les voy a contar.


viernes, 2 de abril de 2010

El ocasional estallido de la risa

Henry: Life is nothing but the echo of joy disappearing into the
great chasm of misery.

Rudy Holt: ... Youve had better.

Henry: Life is nothing but the occasional burst of laughter rising
above the inerminable wail of grief.

Rudy Holt: Thats my favorite.

Henry: It lives in truth, thats why.




Henry: Youll be fine. Well both be fine Rudy.

Rudy Holt: Thats life Henry.

Henry: Yep.

Rudy Holt: You know what life is?

Henry: Life is a horrible little giggle in the midst of a forced
death march towards hell.

Rudy Holt: No it isnt.

Henry: An interminable wale of grief...

Rudy Holt: No. Life is a single skip for joy.

Henry: I know.

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Yo ando saltando por estos días, esperando que no sea un simple eco. ¿Y tú?

Dedication... véala si quiere. Grandes personajes para una historia media fome sobre miedos infundados a ser feliz... ¿le suena conocido?

miércoles, 24 de marzo de 2010

Una vieja y una nueva

Si usted es ocioso y ya ha pasado por acá, puede que el primer texto lo haya visto, pero tuve que sacarlo para presentarlo en un concurso que exigía exclusividad de publicación. El segundo texto fue escrito exclusivamente para el mismo concurso. Claramente, el que uno debute y el otro vuelva a este agujero, significa que a nadie le gustó. Hay premio para el que adivine de qué se trata el segundo, y si ya lo sabe, no sople. Ya vendrá algo nuevo.

Crujía

Después de la lluvia, la casa cruje como si se reacomodara luego del aguacero
como si se estirara en dirección al sol

Vigas ilusionadas, buscando lenta, pero constantemente, lo que negras nubes les escondieron
como las flores, desnudadas por la lluvia, que buscan vitalidad

Hoy, que el sol seca los charcos con una presencia implacable, te vi caminar, sonriente por la calle
un ruido profundo me detuvo y pensé que los truenos anunciaban tormenta

Pero el sol no pensaba retirarse y las nubes negras estaban entristeciendo otros lugares, lejos de acá
era mi alma que crujía, se estiraba, tratando de alcanzarte.

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Recuerdos accidentales


Pensó de pronto que debía haber pasado por su casa y que eso de no verse hace años nunca fue una excusa válida. Hace años que no jugaba un partido y las ganas de hacerlo no desaparecieron jamás, al igual que el dolor de rodilla. Pensó también, en medio de ese silencio sordo, que hacía mucho tiempo que no se recostaba a mirar el cielo como ahora, que a pesar de brillar como nunca, ya comenzaba a teñirse de rojo. A lo lejos, el ruido de las sirenas se acercaba raudo. Cerca, el dolor y la luz se perdían paulatinamente.

sábado, 26 de diciembre de 2009

A mí no me canta Marilyn


Estuve de cumpleaños. Es raro estar de cumpleaños. Otra de esas cosas en la vida que nunca son como te dijeron que eran. Extrañamente, y quizás por alguna deformación infantil de la que los padres son culpables, uno cree que debe estar entre los 5 mejores días del año. Craso error.


No sirvo para estar de cumpleaños. Nunca he tenido la capacidad de levantarme y decir: “Ok, voy a hacer de este día un buen día”. Generalmente sólo pasa, de la misma forma en que pasan los días de mierda. Cualquier plan es infructuoso, deprimente y desilusionante. Y claro, siempre es iluso pensar que un día donde eres el centro de atención, al menos en tu círculo u octágono más cercano, podría resultar si quiera interesante.


Cumplí 24 años y debo llevar cerca de 14 tratando de encontrar algo que hacer mientras te cantan con las llamas diminutas de las velas amenazando tus cejas. Mirar la torta, leer lo que dice, mirar a los que te rodean mientras cantan una canción imposible de cantarse afinadamente, sobarte las manos, cantar de repente, desafinar, dejar de cantar, sonreír, rascarte la cabeza, decir gracias mil quinientas veces con un tonito estúpido y aún no termina la canción. Termina, abrazos, otras mil veces gracias. De verdad me intriga que la canción de cumpleaños sea tan fea.


Por suerte, tengo una hermana melliza y puedo hacer como que le canto a ella y me ahorro ese momento incómodo. Pero después vienen las fotos. ¿Qué fotos hay que sacar para un cumpleaños? Como mi cámara es la que se usa siempre, soy siempre el que saca las fotos y para los cumpleaños es siempre lo mismo. Fotos de la torta, del que la sostiene, del cumpleañero con cara de “qué cresta hago mientras me cantan, mejor sonrío” y abrazos. Las fotos de abrazos son horribles. Si se te llega a ver la cara, sales con los ojos cerrados, cierta mueca de pena en la boca y las cejas levantadas. Espantosamente mal. No hay buen ángulo para una foto de un abrazo.


En mi casa, y supongo que en varias, se celebran los cumpleaños el día anterior, para esperar las doce y cumplir con el ritual de las sonrisas y las fotos con mal ángulo. Eso hace que el día de tu cumpleaños no sea muy interesante. En el cine puedes entrar gratis a ver una película, pero ninguna que sea estreno. Que estafa. Pero así como se celebran las tragedias, uno debe recordar el día en que llegó a este mundo bañado en entrañas. Es una forma de decirle al culpable que no hemos olvidado la que nos hizo.


Por esto, el día de mi cumpleaños hago una fiesta e invito a todos los que se me ocurra. Porque si la gente lo pasa bien, por osmosis uno debería tener un buen rato. No importa ser el mozo en jefe de tu fiesta, ni que algunos de los que querías que estuviesen ahí no estaban, o al revés, o que ella se haya ido temprano, o que lavaste vasos hasta las 10 y media de la mañana, o que se llevaron a tus amigos presos por abrir una cerveza en la micro, o que al día siguiente es navidad y tienes que estar presentable aunque se te caiga la cara a pedazos. Como dice mi amiga Vero, si tú eres feliz, yo soy feliz.


Gracias a todos los que hicieron de ese día un buen día. Es lindo ver como la gente que te quiere trata de hacerte las horas menos incómodas y más interesantes. Gracias por los regalos a los que trajeron, creo que este año hubo varios muy dedicados y eso sorprende y se agradece. A los que no, no importa. Les llevaré alguna botella de algo para sus cumpleaños y me las tomaré yo mismo. Difícil es encontrar un regalo que valga más que mi presencia ¿no?. ¿O no? ¿Ah?.... ¿No?


Como cada año, las expectativas no fueron cumplidas. Pero si debo hacer aspaviento de la sabiduría acumulada en estos 24 años, debo decir que las expectativas están sobrevaloradas. Igual que los cumpleaños.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Nuevo Proyecto

Encontré un poco irresponsable esto de andar abriendo y cerrando blogs así como así por la vida. Más aún cuando trato de darle periodicidad e hilo conductor a esta práctica tan entretenida para mí.

El blog anterior seguirá vivo, pero con un formato distinto, algo que quería hacer hace tiempo pero que por ahora descansaba entre cuadernos y servilletas. Vísítelo.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Estado de Intemperancia


Lo primero es pedir disculpas por las molestias que devienen de un cambio de nombre. Es como cambiarse de casa, de teléfono, de mail, de sexo y no avisarle a nadie. Es obligar a la gente a realizar trámites molestos, latosos, e irrelevantes, como actualizar la lista de contactos, anotar un Gmail en vez de un Hotmail, o dejar de llamarte Pedro para empezar a decirte Yamilé, con su respectivo beso en la cara en vez de un apretón masculino.

Pero en esta ocasión lo vale. Fueron años de buscar un buen nombre que me llenara, que englobara un concepto, una idea. Tenía que ser un lugar amplio, pero que no perdiera el hilo de una serie de historias que si bien parecen al azar y antojadizas, no son más que el escamoteo de un libro, escenas de una película, palabras de una oración que está en proceso.

Todo partió con el “escri-viviendo”, que con el paso de los años se me hizo demasiado cursi, aunque no deja de verse entretenido, por eso aún lo conservo. Luego, “ynoeraunapipa” me pareció interesante y sugerente. Un nombre que plantea un desafío, que tiene una historia más allá de esas cinco palabras sin espacio entre ellas. Pero siento que pequé de pelotudo. Ese típico wueón que habla de cuestiones trilladas haciéndose el interesante. Y no es que no lo sea, pero no hay para qué hacerlo patente en una dirección electrónica.

¡Estado de Intemperancia! ¿No les suena genial? ¿Notan el juego de palabras? No pude evitarlo. Conversaba con una chica sobre un video poco digno de nuestras personas en una noche santiaguina cuando comenté lo divertido de su estado de intemperancia, refiriéndome a los efectos de los brebajes dionisiacos en la mente humana y el sistema nervioso central cuando vi esas tres palabras escritas. Pensé inmediatamente en este blog. Corrí por Internet para ver si a nadie se le había ocurrido y fui feliz cuando mi cambio de nombre fue aceptado. Lo había encontrado.

La intemperancia es la falta de Templanza, una de las cuatro virtudes cardinales, junto con la Justicia, la Fortaleza y la Prudencia. La templanza es la capacidad de manejar los impulsos que nos atraen a los placeres terrenales, es la razón sobre los instintos. Y es que esto se ha transformado en una misión complicada. Si no lo fuese, este blog no existiría, por lo de más.

Así que, ante la muerte del Estado-Nación y la dictadura del racionalismo y la vida moralista y políticamente correcta, bienvenidos al Estado de Intemperancia. Ensucie sus pies antes de entrar.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Me quedo con la princesa

Todo empezó un domingo por la tarde, a eso de las 15:00 horas, cuando en mi casa el ajetreo de la semana se traduce en no cocinar y comprar comida preparada. Por lo general hay dos opciones: ravioles o comida china. Y ese domingo fue lo segundo. Son años de la misma rutina, el mismo pedido, el arrollado cantonés, la carne mongoliana, el unan, el arroz graneado y los wantan. Pero ese domingo mi papá quiso sorprendernos y por primera vez nos trajo galletas chinas. Sí, las mismas que uno ha visto en las películas, galletas de la “suerte”. Y cuando crujió la mía, esa sobremesa de domingo se llenó de risas.

Los chinos son exagerados para todo. Es el país más grande de Asia y el más poblado del mundo, con más de 1.300 millones de habitantes. Son el cuarto país más extenso, después de Rusia, Canadá y Estados Unidos, pero les aseguro que se encargarán de eso luego. También es la nación con más países fronterizos, con catorce vecinos y el más exportador de este año que se nos escapa. Suma y sigue.

Si a alguien se le ocurre inventar algo, los chinos lo hacen más barato, en mayor cantidad y la mayoría de las veces más pequeño. Y qué decir de la muralla China. Ya lo dije, los chinos son exagerados para todo, pero esta vez se superaron.

Es cierto que en términos de relaciones no se puede decir que lo mío sea exitoso, hace mucho tiempo que este aspecto de mi vida no deja de definirse desde la anécdota. Pero les digo, amigos chinos, no es para tanto.

Yo los entiendo. Ustedes son prácticos y lo del aumento de impuestos por hijo lo deja claro. Pero les insisto, no hay para que atolondrarse. A veces es mejor hacerla a lo chileno… lento, tranquilo, porfiado y disfrutando el proceso, antes de cambiar completamente de objetivo. Agotar opciones es la consigna muchachos. Hay 6 mil millones de personas en el mundo y la mitad son mujeres.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Jamás famosos


Almost Famous es una película que reúne muchas cosas que me gustan. En primer lugar es media casi pseudo biográfica, lo que le da cierto potencial de una historia "posible", cuestión que siempre se agradece. En segundo lugar, tiene personajes increíbles y situaciones dignas de ellos, como lo de la piscina, la canción en el bus, lo del avión, etc etc etc. En tercer lugar, hay una banda de rock. Cuarto, está llena de referencias a hechos reales y leyendas urbanas del universo del Rock and Roll y la música en general, lo que, como sabrán, me interesa de sobre manera. Como lo de "Soy un dios dorado", que según los rumores fue una frase de Robert Plant, mientras miraba desde un balcón la muchedumbre agolpada a las afueras de su hotel. Además, está basada en la mejor época del siglo pasado. Y claro... la música.

Por eso la sonrisa me duró días cuando la Pili me dijo que Russell Hammond le recordaba a mí. No sé a qué se habrá referido, pero debe ser uno de mis personajes favoritos en el universo cinematográfico. Así que gracias Pili, me alegraste un día, o varios.

Esta es para ti.

La canción es Tiny Dancer de Elton John y sale en la película.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Vida de perro


El Siberiano (o Husky) es un perro especial. Según análisis de ADN realizados a distintas razas, se demostró que es una de las más antiguas del mundo, lo que podría traducirse en cierta sabiduría en la sangre. Los Chukchi, una tribu del este de Siberia, fueron los primeros en criarlos y eran bastante estrictos. Los cachorros machos eran sometidos a pruebas de destreza y fuerza, donde los mejores eran criados y tratados como reyes, mientras que los más flojos y torpes, junto a las hembras, eran sacrificados. Así que los descendientes de esos sobrevivientes son la creme de la creme perruna.

Tenía nueve años cuando conocí a Imay, y fue el único amor a primera vista que he tenido. Ella tenía siete meses cuando la abracé por primera vez y había llegado con una misión: opacar la pena que teníamos por culpa del atropello del Kimba, un perro medio Pastor y medio nada que mi hermana y yo habíamos recogido mientras andábamos en bicicleta por Peñablanca. Le dimos todo el jamón que mi mamá había comprado y luego de retarnos nos dijo que podíamos quedarnos con él.

Dos cosas no olvidaré nunca de ese primer encuentro. Primero, y a la distancia, el pelaje de la Imay parecía una de esas flores que uno sopla para pedir un deseo y se pierden, convertidas en pequeños pistilos por el aire. Con la lengua afuera y su pelo blanco y negro deshaciéndose y flotando, la vimos llegar en la parte de atrás de la camioneta, recién salida de la peluquería. Lo segundo fueron sus ojos. Blancos en el centro y azul cielo en el contorno, es lo que más me gusta de ella.

La primera vez que la llevamos al veterinario, el tipo nos dijo que nunca había visto un perro así. Creía en las reencarnaciones y cuestiones místicas y nos dijo que la Imay debía estar muy cerca de volverse humano y quizá no estaba tan equivocado. Era un tipo extraño, sin duda, pero con el paso del tiempo le fuimos dando un poco de crédito, por lo menos en que no es un perro normal.

Los siberianos rara vez ladran o muerden, no están hechos para eso. Pero la Imay se crió con dos perros de la calle, que le enseñaron bastante. Ella venía de una familia acomodada, con padres que ganaban concursos y salían en comerciales. El Kasan y el Kimba (segundo) venían quien sabe de donde, y sabían poco de estirpe. Con ellos aprendió a correr detrás de los colectivos, a ensuciarse, a cazar palomas y ladrar, muy fuerte por lo demás, y más ronco que cualquier otro perro que haya escuchado. A veces, y no les miento, es como si hablara.

La Imay ya tiene 15 años y le queda poquito. Ya no se escapa cada vez que queda la puerta abierta, ni le gusta salir a dar paseos. A veces le ladra al suelo y parece que está media sorda. La he tenido que recoger varias veces de la escalera, porque sus patas ya no son las mismas, y eso que nunca le tocó arrastrar un trineo por Siberia, sólo a mí y a mi hermana, cuando los rollers estaban de moda y la Avenida San Martín era el lugar para lucirlos. Pero sus ojos son los mismos, azules y expresivos, y todavía pone su cabeza en la pierna de alguien cuando quiere comida.

La voy a extrañar cuando ya no esté y será pronto. No quiero verla sufrir y ya me da mucha pena cuando hay que recogerla del suelo porque se le doblan las patas. Me da pena también que no pudo tener cachorros porque tenía un tumor en el útero, y me da pena también que haya sufrido toda su vida ataques de epilepsia. Le ha tocado duro a la pobre, pero sé que ha sido feliz.

Lo que más voy a extrañar de la Imay, cuando ya no esté, son los escándalos que hacía cada vez que me veía abrazar a alguien. Se ponía celosa, de unas más que de otras y tenía buen ojo, debo decir, ninguna le gustó mucho.

Todo esto fue porque quería contar que me sorprende que haya aprendido a ladrar bajo el alero de dos atorrantes, y que es algo que yo también debería hacer. Debería ser como ella y aprender por necesidad, por adaptación, supervivencia. Pero ella no ladra, hace como que ladra. Quizá no somos tan distintos.

martes, 3 de noviembre de 2009

Pensamientos al aire y a todo ritmo

Ocho y media de la mañana de un día de semana como cualquier otro. Me siento en el último asiento de la micro y aprieto Play...

Release- Pearl Jam: "Si alguna vez hiciera una película y tuviera que filmar una escena en que amanece, esto sonaría de fondo".

Listen up- Noel Gallagher: "No me importa estar solo... repite, no me importa estar solo".

Black- Pearl Jam: "Es una de esas que siempre se escucha como por primera vez".

Valley of the low sun- Jackob Dylan: "Tengo que copiar este disco porque lo prometí y porque todo el mundo debería tenerlo".

Panic- The Stills: "Siempre gasto más de lo que tengo, en todo sentido. Pánicoooooo !!!".

Dinosaurs- The Stills: "Los dinosaurios no tenían bolsas plásticas ni aerosoles y se extingieron igual. Supongo que es parte del plan y punto".

Even Flow- Pearl Jam: "Hay que ensayar, lástima que no me de para esta".

Don´t let me be misunderstood- The Animals: "Yo prefiero que no me entiendan, o que lo hagan sin decir nada".

Man called sun- The Verve: "Conozco varios soles de invierno".

Where the geese go- The Verve: "Algún día tendré un ganzo. Dicen que son buenos guardianes"

The story of bo diddley- The Animals: "Bo Diddley era un grande, por algo le decían "The Originator", estoy seguro que murió hace poco".

Lucky Man- The Verve: "No hay hombres con suerte y con fuego en el pelo. Pregúntenle a Michael Jackson".

The butterfly collector- Paul Weller: "Hay una versión de Weller de Instant Karma de Lennon que es notable".

The importance of being idle- Oasis: "Liam debe saber un secreto demasiado terrible de Noel como para que lo haya dejado cantar en Oasis".

What am i living for- The Animals: "Aceptar que hay gente que no te quiere es una necesidad inminente".

Make it till monday- The Verve: "Cada viernes pienso si llegaré hasta el lunes, jajaja. En serio".

On your own- The Verve: "Otra de mis favoritas".

Rearviewmirror- Pearl Jam: "Claro... mirando para atrás las cosas se ven más claras... siempre".

Never wanna see you cry- The Verve: "Todas las lágrimas tienen la profundidad del mismísimo mar y la esencia fugaz de un pequeño charco condenado por el naciente sol".

Play. Aquí me bajo...


viernes, 23 de octubre de 2009

Sánese usted mismo

Si usted tuviera que entregar algún panfleto o papel cualquiera en la calle, yo sería su persona favorita. No tengo explicación y no merece gran análisis, pero caminar por la calle es sinónimo de llenarme los bolsillos de basura. Y no lo digo con desprecio. Simplemente, debido a la experiencia y a la costumbre de leerlos todos, he llegado a la conclusión de que jamás he recibido alguno que despierte mi interés.

Agarro los "flyers" que anuncian ventas inmobiliarias con una prestancia que me llega a dar risa. Como si de verdad fuese a considerar la opción de comprarme un departamento con spa, piscina, gimnasio y una vista maravillosa a otro edificio aún más alto, con spa, piscina, gimnasio y vista al mar. Más gracioso es que esos "flyers" sólo los recibo cuando ando en auto y el semáforo detiene la carrera. "Este es tan estúpido que si se endeudó en un auto, capaz que nos compre el departamento", deben pensar las mentes detrás de ese papel. No saben que soy inmune, que vivo con mis viejos, que le tengo fobia a las tarjetas de crédito, que el auto no es mío y que mis bolsillos no tienen nada más que papeles.

Y qué decir del que titulaba "compra y venta de oro". Cuando llegué a la conclusión (unas tres cuadras después) de que tenía que matar a mi hermana para poder vender las joyas de mi madre sin algún problema legal, decidí botarlo a la basura.

El día en que me dieron uno de un preuniversitario gratis pensé en que debería buscar a alguien que entregara unos de un postuniversitario, que dada las circunstancias actuales de los acontecimientos en mi vida, me sería de mucha más utilidad. Lo volteé con la esperanza de encontrar algo, pero el otro lado no era más que un rectángulo blanco. Creí por un décima de segundo ver escrito "imbécil" en medio de tanta blancura, pero sólo fue producto de mi imaginación/conciencia.

Hace dos días, mientras buscaba un dirección en Condell, llegó a mis manos un panfleto que decía Gnosis, asociación cultural de estudios Gnósticos. Mientras subía la escalera del edificio donde iba en busca de un escritor, leía a la reversa del papel: "Te invitamos a que participes de un curso gratuito, donde aprenderás a descubrir la raíz interna de ese mal que agobia la vida de muchas personas y de esta forma podrás tener la herramienta para enfrentarlas, para que junto con los preparados farmacéuticos puedan dar un resultado feliz".

Terminaba de leer el panfleto mientras ponía el pie en el último escalón cuando el tipo de la caseta de informaciones interrumpe su conversación con el conserje y se dirige a mí.

-La charla es por ahí muchacho, a tu derecha, entra no más. Ya empezó- me dijo mirándome la mano.

-No vengo por eso, ando buscando a alguien de la Asociación de escritores de Valparaíso- le dije con un tono un tanto ofendido.

-Ah, es que te vi que venías con el papel en la mano, entonces pensé que venías a la charla. Hay un señor de los escritores que está haciendo una clase, si quieres lo esperas, pero termina entre las seis y las siete y media.
Eran las cinco de la tarde y no tenía nada en mente para rellenar una hora y media así que me quedé ahí, apoyado sobre la baranda, escuchando a The Animals y tratando de adivinar si las personas que oía subir la escalera eran hombres o mujeres. Más de la mitad de la gente que llegaba entraba a la charla de Gnosis, mientras que los colegiales subían al tercer piso para sus clases de preuniversitario y uno que otro hablaba con el tipo de informaciones.

Ya me dolían los pies de tanto caminar y estar parado apoyado en la baranda y no se veía ni una silla cerca, así que me asomé a la charla y sin darme cuenta ya estaba sentado, descansando feliz y escuchando a un tipo con serios problemas de vitiligo. Habían cerca de 40 personas, de todas las edades. Todos atentos y pendientes de las palabras del hombre manchado.

-¿Cuáles son sus problemas? ¿Cuál es el tuyo?- dijo mirando un pelado.

-Tengo artritis- le dijo mientras levantaba sus manos.

-¿Y el suyo?- le preguntó a una señora sobre alimentada.

-Sufro de jaquecas horribles- le dijo con voz de sufrimiento.

-¿Y el suyo caballero?- y me quedó mirando mientras yo pensaba que la barba me hace ver más viejo y que un tipo con vitiligo no es la persona ideal para hablar de alguna técnica extraña de sanación- los pies, me duelen los pies- le dije y me reí para adentro.

-Todos sus problemas pueden ser erradicados si conocemos la fuente que los provoca y esa fuente está dentro de ustedes, es el motor de su cuerpo y su mente y con los conocimientos de Gnosis ustedes pueden estar en control de ese motor y ser sanados por su propia fe y voluntad. Porque ese motor hermanos (ahí supe dónde iba a terminar esto), es Dios.

Fue sin duda un milagro. Mi dolor de pies desapareció inmediatamente y de un salto volví a estar de pie junto a la baranda en el hall del edificio de Condell y esperé una hora al escritor.

Prometo que nunca más recojo papeles en la calle.






lunes, 19 de octubre de 2009

Las azoteas de Buenos Aires IV: Uno, dos, tres... ¡Gira!


Claramente mi cercanía con la muerte no era fundada. Mi situación real no era en lo absoluto a como la había imaginado mientras gritaba por ayuda y todo se debía a mis amigos, que son excelentes, pero poco criteriosos.

Para explicar el por qué Nicolás me dijo que girara hay que contar lo que pasó la noche anterior, o lo que recuerdo de ella. Ya llevábamos más de una semana en Buenos Aires y teníamos una buena relación con toda la gente del hostal, en su mayoría extranjeros. Nos quedaban pocos días y sabíamos que cada noche había que aprovecharla como si fuera la última. Y así lo hicimos. Nos levantamos tarde, como todos los días. Almorzamos pizza y cerveza, como todos los días. Nos bañamos tarde y nos preparamos para salir de carrete… como todos los días.

No recuerdo donde fuimos esa noche, pero las posibilidades no son amplias. Lo medular es que terminamos en la azotea del hostal y fue, probablemente, la mejor noche de todas. El hostal estaba lleno de europeos y gringos, por lo que me dio la impresión de que éramos la atracción del momento, aunque nosotros nos sintiéramos igual de extranjeros que ellos. Todos conversaban dispersados por el techo. Algunos en francés, otros en inglés o portugués y luego, alcohol de por medio, todos hablábamos el idioma universal.

Felipe y Nicolás se preocupaban de cultivar sus encantos con gringas, alemanas, argentinas, peruanas, guatemaltecas e irlandesas con el idioma internacional de la conquista, porque de inglés, poco y nada. Por otro lado, Rafael ya había tocado todo su repertorio de música latinoamericana con mi guitarra, que fue el sexto pasajero de ese viaje, y que terminó con una cuerda cortada luego de que un francés medio homo tratara de tocarnos una canción de despedida y nos besara en la frente mientras dormíamos. Después de la cuarta versión de La Fiesta de San Benito, que emocionaba a nuestro compañero de cuarto italiano hasta las lágrimas, el repertorio apuntaba a algo más conocido y global, como Creep de Radiohead.

Ahí me di cuenta que nos sabíamos mejor la letra nosotros que los gringos, pero por lo menos podíamos cantar todos juntos. Entre la multitud también estaba David Bowie. Así le decíamos al inglés alto, flaco y rubio que vivía en el altillo del hostal hace meses y que tenía una pinta de asesino en serie inconfundible. Algunas noche antes se había ganado un corte en la ceja al recibir un puñetazo de un gringo que defendió a su conquista de esa noche, luego de que Bowie se pusiera a discutir con ella sobre quizá qué tema y terminara su discurso con un escupo en pleno rostro de la linda gringa. Por eso, esa noche Bowie andaba callado y tranquilito.

Felipe había invitado a una guatemalteca y su amiga peruana a carretear en la terraza ese día. Las había conocido en el Kilkenny. Mientras tanto, Javier y yo le hacíamos los coros a Rafa, guitarreábamos de vez en cuando, conversábamos con algún otro viajero, nos llenábamos de Quilmes o nos reíamos de Nicolás mientras le preguntaba a un israelí con pinta de cadáver de mendigo si en su país había comida. Y así transcurrió esa noche, entre conversaciones intrascendentes, cerveza en cantidades industriales, cigarros exageradamente fuertes, canciones trilladas, intentos de conquistas fallidos y otros más exitosos. En fin, pura buena onda. García-Canclini habría estado orgulloso de nosotros. Eso fue pura hibridación cultural.

La noche ya dejaba de serlo y todo se tornaba de un color azulino cuando la gente comenzó a marcharse, ya fuera a sus piezas o a sus casas, como la conquista centroamericana de Felipe o Xavier, el francés medio homo que hablaba como español y que carreteaba todos los días en el hostal, aunque no se alojara ahí. Lo último que recuerdo de ese día fue ver a Javier declinar de la fiesta por sentirse mal, luego de insistirle en que se fumara un cigarro conmigo (Javier no fuma).

Luego de todo esto desperté al día siguiente en un hoyo que no era hoyo. La verdad es que me quedé dormido en el techo y no supe más de mí hasta que abrí los ojos y no me podía mover.

-¡Toño! ¡Toño! ¡Tranquilo!- me dijo Nicolás- Tranquilo, yo te saco, pero cuando cuente tres tú giras.

-Uno, dos, tres- dijo Nicolás mientras yo contaba mentalmente.

Por mi estado y el de mis amigos, bajarme por la estrecha escalera que unía el segundo piso con la azotea era una tarea imposible, por lo que no se les ocurrió nada mejor que acostarme sobre una alfombra que había debajo de los sillones de la azotea y enrollarme para que el rocío no me mojara y no me resfriara. Estaba enrollado en una alfombra, según mis amigos, el lugar más seguro bajo esas circunstancias.

Sin duda será un viaje que no olvidaremos… o que recordaremos para siempre… lo que podemos recordar.

jueves, 1 de octubre de 2009

Las azoteas de Buenos Aires III : El accidente


Desperté y tuve dos sensaciones inmediatas. La primera, ya familiar, era un dolor de cabeza estratosférico, por lo que me dediqué inmediatamente a reconstruir mentalmente la noche anterior. Mientras estaba en eso, la segunda sensación se hizo patente. Luego de algunos intentos de incorporarme a la verticalidad, me di cuenta que no me podía mover. Mis brazos, pegados a los costados, sólo podían hacer un pequeño movimiento de hombros y mis piernas, estiradas a toda su extensión, estaban apretadísimas.

Toda esta cavilación debe haber durado una décima de segundo, pero cuando abrí los ojos el panorama se puso mucho más negro, literalmente. Todo estaba oscuro, oscuro como la noche sin luna, oscuro como la boca del lobo. Traté de mirar hacia abajo (no podía moverme mucho) y no veía nada, aunque sabía y sentía que mis pies estaban ahí. El terror me entró cuando logré mirar hacia arriba, porque alrededor de un metro sobre m cabeza se veía un haz de luz. Tragué saliva y seguí intentando resolver mi situación surrealista.

Escuchaba ruido de calle: buses, autos, bocinas, gente y toda esa melodía asfáltica, pero era extraño, como si estuviese dentro de una caja. Y cuando me percaté de esos ruidos sordos fue cuando llegué a mi conclusión terrorífica. Era lógico y todo calzaba: no me podía mover, mis pies apuntaban hacia la oscuridad y mi cabeza hacia la luz, escuchaba un ruido sordo y lo más importante, después de esa noche, cualquier cosa era posible.

¡Mierda! Me caí a un hoyo, esto me pasa por borracho. No tomo más en mi vida. ¿Me habré quebrado algo? No, estoy bien, no me duele nada, sin contar la cabeza y la garganta, pero eso es culpa del cigarro. ¿Y los demás? ¿Sabrán donde estoy? ¿Tendrán sus propios hoyos también? ¿Alguien vendrá a sacarme? ¿Cómo cresta me caí a un hoyo? Me voy a morir en otro país. Por lo menos me morí carreteando. Si me muero mi mamá me mata. Les cagué el viaje a mis amigos. Esto me pasa por curarme en una azotea, siempre supe que el suelo es más seguro. ¡Por la cresta, me caí a un hoyo!, pensé en una fracción de segundo.

Sentía que en cualquier momento comenzaba a escuchar “tini nini tini nini tini nini” y Rod Serling diría “Tenga cuidado donde pisa. Uno nunca sabe cuando puede encontrarse en la dimensión desconocida”. No era la Dimensión Desconocida. Era una azotea sobre el segundo piso de un hostal en Buenos Aires, que había sido el escenario de un tremendo carrete la noche anterior y que a la mañana siguiente parecía ser mi tumba. Tenía 19 años recién cumplidos y decidí que mi vida no podía terminar ahí, en un hoyo y con resaca. Finalmente, dejando las lamentaciones atrás, decidí hacer lo único que se me ocurrió en ese instante: Gritar como condenado.

-¡Ayuda! ¡Sáquenme de acá! ¡Me caí a un hoyo! ¡Soy muy joven para morir! ¡Ayudaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!- gritaba con todas mis fuerzas, como si de eso dependiera mi vida. De pronto, sentí mi nombre, una voz conocida y risas.

-¡Toño! ¡Toño! ¡Tranquilo! (y risas por montones)- me decía Nicolás mientras su voz se sentía cada vez más cerca- Tranquilo, yo te saco, pero cuando cuente tres tú giras- le entendí entre risas.

-¿Giro?- pregunté desencajado.

- Si poh, gira. Uno, dos, tres…

Continuará…

jueves, 24 de septiembre de 2009

Las azoteas de Buenos Aires (segunda parte)


Como ya saben, el efecto Cromagnon nos había coartado la posibilidad de pasear nuestras humanidades por los rincones bohemios de Buenos Aires, a excepción, claro está, del Kilkenny. Ubicado en la esquina de Marcelo T. de Alvear y calle Reconquista, este bar irlandés era el único lugar que había sobrevivido a la inspección de normas de seguridad y por ende se mantuvo abierto ese verano del 2004, a diferencia de la mayoría de los locales nocturnos que habíamos soñado con conocer.

Kilkenny era el lugar de moda y eso tenía sus consecuencias, pero también sus ventajas. La primera vez que llegamos la cola era interminable y el calor adentro insufrible. Comprar un trago era una odisea de treinta minutos y luego de tres horas de pie, con la gente apretándote, las fuerzas parecían desfallecer. Hasta que una mirada a la derecha te ponía frente a frente con un culo poético, un escote inmoral, una cintura imposible o un rostro de esos que son tan lindos que estoy seguro que les duele la cara. Esas eran las ventajas.

Sin embargo, por esa época yo vivía la primavera de un amor que comenzaba y que iba a durar bastante, por lo que mis ojos estaban atrofiados para tanta belleza. Lo que me hace pensar en la increíble levedad del sentimiento… pero eso es para otro día. Felipe, Javier, Rafael y Nicolás no estaban en mi situación, aunque unos tuvieron más suerte que otros. Como siempre, Felipe fue el mejor exponente de la seducción chilena, extendiendo su fama sobre las fronteras con algunas argentinas, peruanas, gringas y guatemaltecas. Sí, guatemalteca.

Los precios en el Kilkenny no tenían gran diferencia a lo que se paga hoy acá por un ron o una piscola (que allá no existen, claramente, o eso creíamos), bordeando los 10 pesos argentinos. Pero nuestras perspectivas en esa época era muy distintas a lo que son ahora. Tres o cuatro mil pesos en un copete era demasiado para nosotros, considerando que nuestros carretes por esos años se resumían a sentarnos en cajas de cerveza en algún local maloliente de Valparaíso y aprovechar la promoción de 3x1, lo que nos permitía llegar en calidad de bulto a nuestros hogares por menos de tres lucas. ¡Qué bellos tiempos!

Pero esa semana era distinta. Habíamos ahorrado lo suficiente para no morir de hambre y la situación que vivía Argentina por esos días de incipiente reactivación económica nos caía como anillo al dedo. No desayunábamos porque nuestro día comenzaba alrededor de las 4 de la tarde, luego de recuperar el conocimiento, porque a eso no se le puede llamar despertar. Almorzábamos siempre lo mismo, pizza y cerveza, excepto Rafael, que se levantaba escondido para darse un festín en el restaurante de enfrente, mientras nosotros luchábamos como animales por el último pedazo de pizza.

Cuando no íbamos al bar irlandés, el Chachachá era nuestro destino. Algo más parecido a lo que estábamos acostumbrados, este barzucho medio clandesta era oscuro, con algunas luces de neón, una barra improvisada y música a todo volumen. Eso sí, la vista no era la misma, pero el bolsillo lo agradecía.

A pesar de lo que nos ofrecía la fiscalizada bohemia bonaerense, sigo insistiendo que el escenario principal de ese viaje fue la azotea del hostal, donde vi por primera vez a Javier fumarse un cigarro completo, a Felipe unir fuerzas con un potencial ex convicto estadounidense para conquistar a una mina, a Nicolás balbucear el peor inglés que he oído en mi vida y a rafa tocando por horas La fiesta de San Benito mientras a Mateo, nuestro compañero de pieza, se le llenaban los ojos de lágrimas.

Y por su puesto, donde casi perdí la vida por caerme a un hoyo…

Continuará…

viernes, 18 de septiembre de 2009

Las azoteas de Buenos Aires


Esa noche de viernes fue muy parecida a los tres días anteriores. Húmeda, calurosa y donde el panorama más interesante era una azotea a tres cuadras del obelisco más famoso de Latinoamérica. Ya habíamos aceptado el hecho de que nuestras pretensiones hedonistas habían sido frustradas por la incompetencia de las autoridades bonaerenses en cuanto a seguridad se trata, lo que se transformó en una tragedia de magnitudes. Para nosotros, cinco simples amigos adolescentes mutantes, esto significaba que el universo nos odiaba y que todos los locales de Buenos Aires estaban cerrados por no cumplir las normas de seguridad en las salidas de escape.


Pero habíamos planeado tanto tiempo este viaje que nada nos detendría, aunque nada hubiese sido bastante. La primera noche vaciamos el cargamento de cervezas del hostal. Fueron, si mal no recuerdo, más de veinte Quilmes de las que nos hicimos cargo. Llevábamos 23 horas viajando en un bus del terror y el taxista que nos llevó al hostal nos estafó con un billete falso, por lo que veinte Quilmes no eran muchas en ese momento. Esa noche no salimos.

La noche siguiente salimos a corroborar los estragos del caso “Cromagnon”. Llovía a mares, lo que dificultaba aún más nuestra tarea: encontrar un lugar para beber y conocer a nuestros amores de verano. Nos quedamos bajo un toldo hasta que cesó un poco la lluvia y giramos a la derecha, siempre cuidando nuestros pasos para poder volver al hostal.

-Volvamos, no hemos visto nada abierto ni lo veremos- dijo Rafa, ya exhausto con la peregrinación.

-Yo vi un par de gringas en el hostal, no es mala idea- dijo Nicolás, tratando de salvar la noche.

-Puta bengala, puta lluvia, puto taxista- pensaba yo.

-Ahí se oye música, vamos a ver- grito Felipe mientras le brillaban los ojos. Era nuestra última oportunidad.

Era una escalera que daba a un subterráneo y, efectivamente, se escuchaba música. Felipe y Nicolás bajaron casi corriendo, mientras que Rafa, Javier y yo permanecimos un poco escépticos, aunque bajamos de todas formas.

-¿Qué hacen aquí?- Nos dijo con cara de perro una mujer con un vestido embasado al vacío y unos tacos impresionantes. -No pueden estar acá. ¡Váyanse!- y ahora sí corrimos todos.

El local era angosto pero profundo, y ahora que lo pienso, el que no haya tenido algún letrero afuera debió habernos dicho algo. A mano derecha, a los pies de la escalera, había una cabina con ventanales, probablemente para los “clientes VIP”, con más mujeres embasadas al vacío. Por el resto del local, repartidos en las mesas, chinos vestidos de terno y con lentes oscuros y créanme, nadie que ande con lentes oscuros de noche es de fiar. Todos nos miraban con cara de pocos amigos y nuestra huida no se hizo esperar.

-¿Dónde mierda nos metimos?- pregunté entre risas.
-En un prostíbulo- dijo Rafa entre más risas.

-¿Se dieron cuenta que habían puros chinos de terno?- dijo Nicolás, mientras huíamos elegantemente (caminando rápido).

-Estaba rica la mina que nos echó- Felipe dijo lo que todos pensábamos.-Uno de los chinos se metió la mano en la chaqueta y juro que vi una pistola- Ninguno de los demás lo vio, pero Felipe sigue convencido hasta el día de hoy que estuvo cerca de la muerte.

El día anterior nos había dicho que alguien nos venía siguiendo, mientras recorríamos el centro buscando un lugar para cambiar dólares y resultó ser una vieja coja, por lo que esa pistola podría haber sido un lápiz, un celular o simplemente un chino buscando algo en su chaqueta, con lentes oscuros en una casa de putas subterránea.

Finalmente nos reímos del asunto en una fuente de soda, entre cervezas y Malboros (los cigarros más suaves que pudimos encontrar) y esa segunda noche decidimos que la azotea del hostal era un lugar seguro y, como descubriríamos luego, bastante entretenido.

Durante las noches siguientes beberíamos cerveza en calzoncillos bajo una tormenta, David Bowie le iba a escupir en la cara a una gringa, Felipe y Nicolás tendrían romances pasajeros e internacionales y yo despertaría en un hoyo luchando por mi vida y gritando por ayuda. Y es que las azoteas de Buenos Aires tiene ese no se qué…

Continuará…