domingo, 13 de septiembre de 2009

Toque de queda

Lo conocí, pero no lo recuerdo. A parte de una imagen borrosa de él sentado en una mecedora junto a su vieja, todo se resume a las historias que he escuchado de quienes fueron su familia y ahora son la mía. El viejo chico, como le decían por acá, era todo un personaje. Uno de esos que parecen nacidos en otro mundo, del que poco queda ya. Una época perdida, que parió a sus hijos para abandonarlos a su suerte.

Cuando yo aparecía por este planeta, el viejo chico ya no era el de antes. Crió a sus hijos a golpes, como se hacía en esos tiempos, pero ya no podía levantar esa mano que tantas veces cayó sobre su esposa o sus hijos, como le había enseñado su padre que tenía que hacerse. Ahora, el viejo chico ya no estaba en ese lugar dónde lo que había aprendido era útil y normal, y tuvo que aprender de nuevo.

Ya era abuelo y comprendía que dar amor también podía ser normal, por lo que generó un gran lazo con sus nietos, que habían heredado el respeto que su propio padre le profesaba. Ellos cuentan que el viejo chico era un caballero de tomo y lomo, silencioso y que se enojaba bastante cuando la gente decía garabatos. Eso sí, cuando no bebía.

Quizá fue el hecho de sentirse fuera de lugar. Quizá fue la culpa. Quizá fue, simplemente, porque así era en su época, en su mundo, su planeta, sus recuerdos. El viejo chico tomaba y era otro. Se perdía por días y nadie sabía si volvería vivo o tendrían que recogerlo de alguna calle porteña. Volvía cuando se le acababa la plata, para buscar comida o robarse algo para vender y seguir tomando. Se quedaba unos días, quizá meses, y una vez más era el caballero que no decía garabatos.

Durante la dictadura se hizo famoso por el cerro. Había toque de queda y ya no podía andar por ahí como lo hacía antes. Le cerraban las puertas y ventanas con candado y escondían todo, pero el viejo chico era comunista y tenía sed. No había muralla que lo detuviera. Pasaban la noche preocupados, esperando que volviera o que no le pasara nada. De pronto sonaba la puerta y los carabineros lo traían del brazo para devolverlo de donde había escapado. Este ya no era su país, dudaba incluso que fuese su cerro.

Desde esa noche, cuando la calma y el miedo se clavaba en el cielo estrellado y sólo se podía escuchar el resonar de las botas por la calle, quien estuviese despierto podía escuchar un ruido de latas. El viejo chico se subía al techo para ver si podía ver a la distancia el lugar de donde vino. Y con la esperanza de un náufrago que cree ver algo donde se pierde el horizonte sobre el azul del mar, gritaba con todas sus fuerzas… ¡Milicos Culiaos!


3 comentarios:

Francisca dijo...

Hay tantas historias que con el tiempo se han olvidado que es bueno que alguien las escriba y las recuerde... probablemente, nunca conoceré a ese viejo chico, pero estoy segura que conozco a varios que, como él, vieron como su libertad se desvanecía y el país cambiaba...
y no cabe duda que yo lo ubiese ayudado a gritar: ¡Milicos Culiaos!

Paulina Fernández Foucher dijo...

Concuerdo con la Fran, pareciera que las cosas de las cuales no tenemos registro nunca existieron, la mente es frágil y nuestro país es especialista en eso. Lo importante es recoger esas historias y a partir de ellas, comprender lo que somos y cómo nos proyectamos hacia el mañana.

Saludos!

Paz · dijo...

y aun hay algunos que insisten en decir "pronunciamiento" .. puto y vil eufemismo..


un abrazo antonioandrés cara de Stic-Fix